
Empresas sin humanos: La peligrosa locura que no podemos consentir

Desde las trágicas bombas atómicas que destruyeron centenares de miles de vidas y dejaron horribles consecuencias radiactivas por décadas en Hiroshima y Nagasaki, los gobiernos del mundo han hecho importantes esfuerzos para que no se produzcan nuevos eventos de estas características. Además, se han firmado muchos tratados internacionales restringiendo o al menos acotando la producción de este tipo de armamento.
La perspectiva de una destrucción de la humanidad era una posibilidad tangible y obligó a todos a un esfuerzo por autolimitarse. De hecho, después de aquellos inhumanos sucesos de 1945, hubo varias guerras (Corea, Vietnam, Afganistan, Irak, Medio Oriente, etc.) en las que potencias atómicas estuvieron involucradas y no se atrevieron a usar estas armas atómicas, aún a riesgo de que el conflicto se prolongue, e incluso ante la posibilidad de una derrota o la imposición de una retirada apresurada.
El Siglo XXI nos presenta un desafío que uno de los desarrolladores más importantes de la IA, Mustafá Suleyman nos plantea en su libro publicado en el año 2023 y titulado “La Ola que Viene: Tecnología, poder y el gran dilema del siglo XXI”. A juicio de este científico, que no puede ser tildado de antitecnológico, el desarrollo de la IA producirá transformaciones vertiginosas en la economía mundial, y afectará la vida de las personas como nunca se había visto en la historia humana. Ya para el año 2030 se verificarán cambios a una escala gigantesca. Y muestra Sulaimán una preocupación notable, que le insta a considerar que es necesaria una regulación internacional que de alguna manera encorsete un poco las características de estas mutaciones. Llega en su libro a comparar la necesidad de conformar un marco responsable para la utilización de la IA y sus derivados, con la importancia que tuvieron los acuerdos de no proliferación de armas nucleares.
El problema no es la tecnología, sino quienes son sus dueños, y la utilización restringida de sus beneficios, además de las finalidades morales de su uso.
Es tan grave lo que nos está sucediendo, que la gran mayoría de los pensadores mundiales, están preocupados por un dilema que se ha instalado con la velocidad de un rayo y con consecuencias dificilísimas de precisar en su magnitud.
La concentración de los datos de los seres humanos en manos de un puñado de tecnócratas billonarios y sus empresas representa un peligro nunca visto, y amenaza con interferir en todos y cada uno de los aspectos de las vidas de las personas de carne y hueso.
Estamos hoy asistiendo a una carrera desenfrenada entre los dueños de esas tecnologías y las instituciones y gobiernos que pretenden regular sus alcances. La carrera es despareja. La tecnología está siendo aplicada para presionar gobiernos, aniquilar democracias, manipular pensamientos y propiciar escenarios proclives a una concentración aún mayor del poder tecnocrático mundial.
Esta semana he leído con cierta aversión un libro de Naomi Klein, publicado en el año 2007 con el título “La doctrina del shock”, donde la autora desarrolla la teoría de que el capitalismo ha aprovechado las guerras, los desastres naturales y el endeudamiento de las naciones para generar la imposición de políticas económicas de corte neoliberal cuyo único resultado habría sido la generación de una formidable concentración de riqueza, una expoliación de las riquezas naturales de las naciones subdesarrolladas y el pago de un costo social extraordinario.
Trazado con una línea argumental fuerte y con una investigación digna de elogio, la autora analiza situaciones como la del Chile de Pinochet, la Argentina de la Dictadura, la Bolivia del llamado “milagro boliviano” o la misma Sudáfrica de Mandela. En todos estos casos Klein detecta una maquinación perversa, un contenido ideológico dogmático, y un afán desmedido de acumulación de riquezas en perjuicio de las grandes masas poblacionales indefensas.
Ex profeso usé el vocablo “aversión”, porque la asignación de intencionalidades malvadas por parte de algunos de los economistas mencionados en el libro, me parece una exageración, la mayoría de ellos suele tener una creencia genuina de que está procurando una solución beneficiosa para el conjunto social, por lo que me cuesta un poco adherir en un todo a su argumento. Pero el meollo del libro nos habla de fenómenos cuyos resultados ya han acontecido y que no podemos negar: la globalización, si bien ha generado importantes progresos materiales, los mismos no se han distribuido con equidad, y la diferencia económica entre las naciones poderosas y las más débiles se ha incrementado exponencialmente, así como también se ha verificado una concentración de riqueza en pocas manos como jamás se viera en el decurso de los milenios.
Lo que Naomi Klein nos relata, más allá de los matices en los que se puede o no coincidir, son sucesos que ya se produjeron, con consecuencias reales muy fáciles de constatar.
Lo que Suleyman o León XIV en su encíclica Magnifica Humanitas nos advierten, son cosas que están empezando a suceder. Por ende, estamos aún a tiempo de intervenir en el proceso, para amortiguar y prevenir los efectos negativos de una tecnología que pareciera imparable en su proceso de apropiación de las variables económicas y sociales de la humanidad. Tenemos que actuar, y hay que hacerlo pronto, y eficazmente.
La narrativa de Klein nos cuenta de hombres codiciosos que despliegan un arsenal de medidas con un trasfondo ideológico que redunda en su beneficio personal a expensas de las grandes mayorías. Lo que está ocurriendo hoy es un giro de tuerca novedoso en la historia. No solo hay personas de carne y hueso en procura de la maximización de su propio beneficio. Irrumpe ahora una entidad nueva, con una discutible autonomía funcional que disputa el poder mundial: la máquina.
Hasta el día de hoy la máquina ha sido una herramienta al servicio del hombre. La aptitud de la IA para el procesamiento aparentemente autónomo de sus facultades de procesamiento de información y toma de decisiones, amenaza con alterar el orden de los factores. Y eso es tremendamente peligroso.
La distopía de un comportamiento humano sometido a los condicionamientos impuestos por la robótica, ya no parece tan ficcional. Se analiza hoy como una probabilidad razonable.
La irrupción de tecnologías con aptitud decisoria separada del factor humano no es una hipótesis futurista. Es una realidad en ciernes, y hay muchos locos que la alientan con un entusiasmo mesiánico que asusta.
En la Argentina, Javier Milei es un fanático al servicio incondicional de estos intereses. No es un científico enamorado de la tecnología que ha creado, al contrario, él mismo es un subproducto del algoritmo utilizado en términos de acceso al poder, y hay intereses importantes que le marcan el rumbo y le señalan sus objetivos y políticas a diseñar. Ya no alcanza con propiciar una extranjerización insensata de nuestras riquezas, sus dueños han decidido que es el momento de transformar a nuestro país en el conejillo de indias sacrificable para la instauración de la distopía tecnológica.
Peter Thiel, uno de los referentes más encumbrados de esta corriente de tecnócratas, se ha instalado en nuestro país. Cuando un personaje de estas características toma una decisión de este tipo, no lo hace por filantropía. Lo hace porque encuentra la posibilidad de obtener ganancias extraordinarias y concretar sus sueños más locos, esos que ninguna otra nación consentiría en permitirle abordar.
Con impunidad que asusta, visita funcionarios, los recibe en su casa, hasta se da el lujo de convocar opositores recalcitrantes, todo detrás de un objetivo que ya se ha hecho visible de manera ostentosa: Quiere usar a la Argentina como campo experimental para sus proyectos más disparatados y peligrosos.
Para conseguir sus fines necesita la complicidad del Estado. Porque una de las contradicciones más notables de este tipo de personajes es que son detractores feroces de lo estatal y de las instituciones democráticas, pero construyen su fortuna en torno a concesiones normativas que obtiene de los sectores institucionales y las consolidan con contrataciones multimillonarias con los propios Estados a los que desprecia. El principal cliente que tiene es el propio Estado, y sus productos costosos sirven para actuar con ferocidad en conflictos armados, todos y cada uno de los cuales le vienen muy bien: significan más plata y mejores contratos para sus empresas.
El diario La Nación publicó el 17 de julio del 2025, o sea hace menos de un año, una nota que pasó desapercibida para el público en general. Cambridge Analytica usó los datos personales de millones de usuarios de Facebook con la finalidad de manipular las elecciones de Argentina 2015, Estados Unidos 2016 y el referéndum del Brexit en Gran Bretaña. La comprobación de esta maniobra ilegal derivó en un juicio millonario en contra de los dueños de las empresas que entregaron ilegítimamente esos datos a Cambridge Analytica. Peter Thiel y Mark Zuckerberg, este último creador de Facebook y actual presidente y accionista mayoritario de Meta, estaban citados a declarar en tribunales el lunes siguiente. Ante la inminencia de una declaración judicial que los pondría en evidencia en sus procederes ilegales, arribaron a un acuerdo extrajudicial y pusieron fin con ello al juicio sin tener que declarar. En buen romance, pusieron una torta de plata para no ir a la sede judicial, toda una confesión implícita de culpabilidad.
A estos personajes complicados, Milei les quiere poner alfombra roja, confeccionarles trajes a medida y entregarles, no solo el país, sino la mente de los argentinos.
En primer lugar, y con un desparpajo inconcebible, Milei anuncia que ha hablado con Meta para imponer en la Argentina el programa “Gemelos Digitales”, un sistema armado implementar Inteligencia Artificial en la educación de nuestros niños y adolescentes. Adjunto un video donde Milei, con tono desquiciado informa su decisión, la que la Ministro Petovello anunció con bombos y platillos.
Se trata de la habilitación de un esquema destinado a manipular las mentes de los educandos, algo espantoso, difícil de asumir como posible, y que en distintos lugares del mundo está siendo profundamente cuestionado. En el mismo video se informa que 41 fiscales generales en los Estados Unidos han entablado presentaciones judiciales concretas contra Meta, acusándolo de dañar, bajo conocimiento la salud mental
¡A esa gente Milei le quiere dar plenos poderes para lavar el cerebro de nuestros hijos y nietos!
Estamos en presencia de la más grave intentona de uniformar el pensamiento conforme a los dictados de un verdadero “lavado de cabeza tecnológico”, una imposición nefasta del pensamiento único impuesto en la niñez y la adolescencia, mediante la utilización de la tecnología digital.
En paralelo a esta nefasta iniciativa, Thiel ha impulsado desde las sombras la modificación de la ley de sociedades en nuestro país, para permitir la instalación de empresas digitales, o sea empresas conducidas por las máquinas, por la IA, sin control humano aparente, y obviamente sin responsabilidades de ninguna naturaleza para ninguna de las personas físicas que pudieran esconderse detrás de escena.
El propio Milei ha defendido la norma propuesta, cuyo proyecto de ley ya ha sido remitido al Congreso Nacional, en un artículo con su firma publicado días atrás en el Financial Times. Es obvio que la idea no es propia, le ha sido ordenada por sus mandamases tecnológicos, y se trata ni más ni menos que de preparar condiciones legales para hacer algo que en ningún país del mundo nadie consentiría.
El hecho es de una gravedad tan mayúscula, que ha generado una impensada reacción, que ha tomado a muchos por sorpresa. Uno de los pensadores más rutilantes del siglo XXI, devenido en referente intelectual a raíz del éxito enorme de su libro “Sapiens, de animales a dioses”, el escritor israelí Yuval Noah Harari, ha salido al cruce de Milei y nos advierte sobre la peligrosidad que implica este concepto de “empresas sin humanos” y nos plantea escenarios muy complicados si se consiente algo por el estilo.
La maniobra, sutilmente escondida en lo que se presenta como una reforma de la ley de sociedades, está en marcha. Hay que frenarla a toda costa. Las decisiones de los seres humanos, enceguidos a veces por un afán de lucro desmedido, tienen al menos la posiblidad de una valoración moral de sus actos y el reclamo judicial por sus responsabilidades frente a las consecuencias de sus actos. Las decisiones de una máquina son solo ecuaciones aritméticas desprovistas de humanidad, guiadas tan solo por un eficientismo que las impulsa de manera autónoma a seguir los procedimientos necesarios para lograr sus objetivos sin una posible evaluación moral y social de sus acciones. Si una guerra les conviene a sus fines, no tiene ningún freno ético una maquinaria, por sofisticada que fuere, para no incentivarla.
Podríamos seguir aquí con una profusa cantidad de hipótesis cuestionables, pero no hay que entrar en una discusión que no tiene sentido. Lo que tenemos que resaltar con énfasis es en la peligrosidad irresponsable con que Milei está jugando con los seres humanos, esos argentinos de carne y hueso a los que no trepida en someter a los caprichos experimentales de los tecnócratas más poderosos del mundo.
Es probable que la tecnología deshumanizada consiga hacer realidad un mundo de transhumanos, de perfeccionar la hibridez posthumana y uniformar las mentes aniquilando el pensamiento crítico. Quizás estos aventureros logren imponer una realidad digital donde la eficiencia sea el modelo y la imperfección humana sea condenada a desaparecer. Tal vez puedan consagrar su distopía, que a sus ojos tiene contornos mentirosamente utópicos.
Pero el espíritu humano, ese indoblegable temperamento colectivo de una especie que ha sobrevivido y evolucionado a mil cataclismos, es una esperanzadora motivación que nos mueve a escribir estos textos, para evitar, en la medida de lo posible, la deshumanización de la humanidad.
Si tiene que ser, será, pero al menos que la catástrofe no empiece en la Argentina. No hay razones de odio político, ni adhesiones ideológicas a un credo económico, ni una identidad social o una filiación política partidaria que justifique no asumir una posición responsable para beneficio de las futuras generaciones.
Habrá muchos enamorados de las ideas mileístas, pero creo sinceramente que ni siquiera sus defensores más acérrimos estarán de acuerdo con dejar el futuro de sus hijos y sus nietos en manos de una tecnología descontrolada, sin sentido moral y aniquiladora de todo vestigio de sentimiento humanitario.
Buenos Aires, 11 de Junio del 2026
Sisto Terán Nougués



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