
¡¡¡¡Vaaamoooos Argentina!!!!

El seleccionado argentino de fútbol ha escrito ayer una de sus páginas memorables, de esas que repetiremos de generación en generación y que formarán parte inescindible de nuestros recuerdos más queridos.
No hay espacio hoy para el análisis político y social. El alma de un pueblo está exultante de una euforia que vino precedida de una tensión tremenda que paralizó el país.
Dicen los sabihondos que no tenemos que exagerar, al fin y al cabo estamos hablando tan solo de un partido de fútbol.
Pero quienes eso afirman, son personas ignorantes de la trascendencia de los fenómenos sociales. Cuando un hecho deportivo logra despertar los desbordes emocionales colectivos que hemos vivido ayer con una intensidad maravillosa, pretender relativizar su importancia es síntoma de necedad absoluta.
Cuando un pueblo sale a las calles espontáneamente en forma masiva, en todas las ciudades de un país, para cantar y bailar imbuidos de una sana alegría común, no podemos dejar de resaltarlo.
Sé perfectamente que hay cosas muy tristes que siguen pasando en nuestro país, y la victoria de ayer no borra los sufrimientos de muchos argentinos que la están pasando muy mal, pero entiendo que es perfectamente válido darnos este paréntesis de efusividad comunitaria, una pausa necesaria en nuestros asuntos cotidianos, que nos une en un abrazo nacional indiscriminado que solo el deporte es capaz de lograr entre nosotros.
Ya habrá tiempo para análisis sesudos y reflexiones agudas. Hoy es momento de disfrutar una gesta que tiene condimentos que exceden lo meramente deportivo.
El destino imprevisible escribió un libreto de antología épica. ¡Semifinales de un Campeonato del Mundo, nada más y nada menos que contra Inglaterra!
El técnico y los jugadores se empeñaron en decir que era un partido más, pero en el fondo sabían que estaban diciendo una mentirita piadosa. El ambiente estaba cargado de simbología y tensiones extrafutbolísticas. Scaloni y los suyos podían decir lo que quisieran, la FIFA podía exigir que no se portaran consignas nacionalistas, pero el común de los argentinos sentía en su pecho una sensación diferente. Ayer había que ganar, a como dé lugar. Usábamos la camiseta alternativa, esa azulada, similar a la que Diego Maradona usó en aquel recordado partido en México 86, el de la “mano de Dios” y el gol más lindo de la historia de los campeonatos mundiales.
Los jugadores sabían que no podían perder. No lo decían, pero lo sentían. El imaginario de una argentinidad exacerbada, de la que eran plenamente conscientes, añadía una presión adicional en sus corazones.
Nos dimos cuenta de lo que estaban sintiendo sus almas, antes del inicio del cotejo, cuando entonaron las estrofas del himno nacional. Nunca antes habíamos visto esos rostros tan decididos, esas voces elevándose casi con furor, con una fiereza capaz de disolver los silbidos del público inglés. Los muchachos estaban desencajados, sus caras denotaban una decisión que se contagiaba desde las pantallas al espíritu de millones de argentinos que verían el juego a la distancia y con el corazón estrujado y el espíritu llevado a la máxima tensión soportable.
Cada uno de esos chicos, que lo habían ganado todo, tenían ayer un desafío impensado, que, injustamente podría haber desdibujado sus proezas, porque a nuestro exitismo esencial le iba a resultar muy difícil perdonarles una derrota frente al adversario al que más queríamos y necesitábamos ganarle.
Describo un hecho, no intento comprenderlo ni explicarlo. Si el seleccionado hubiera perdido ayer, hubiera sido como si una manchita corrosiva se expandiera disminuyendo la grandeza de la epopeya. El deporte, como la vida y el amor, tiene, parafraseando a Pascal, “razones que la Razón no comprende”.
Y se tomaron el desafío con absoluta determinación y seriedad. Fueron a disputar cada pelota dividida con fiereza, siempre al límite, con las pulsaciones a mil.
Y el diablo, siempre activo, metió la cola. Justo en el momento en que habíamos empezado a tomar la iniciativa en un partido muy parejo, los ingleses anotaron un gol.
Conscientes de que no querían ni podían perder, los argentinos se adueñaron de la pelota y arrinconaron a los ingleses contra su arco, a puro fútbol y coraje.
Pero la pelota no quería entrar y el arquero inglés parecía imbatible. Hasta los postes se complotaron a favor de los británicos. Arreciaban los ataques, pero los goles no aparecían. Diez remates al arco, dos en los postes, salvadas milagrosas, una intercepción providencial que un defensor contrario celebró como un gol…la remontada se negaba a concretarse.
Recién en el minuto 85, cuando el encuentro empezaba a agonizar, Messi ejecutó un córner corto, De Paul le devolvió la pelota, y el Diez encaró hacia el área atrayendo las marcas de los defensores ingleses preocupados en evitar su eventual remate al arco. Se generó el espacio preciso y Lionel dio el pase a Enzo Fernández que sacudió las redes del arco rival con un zapatazo fantástico. ¡Gooool! , qué digo gol, ¡Golazo!
Cualquier otro equipo se hubiera tomado un respiro, Argentina por el contrario redobló sus ataques, y en el minuto 92, Mac Allister remató, la pelota pegó en el poste y el rebote le quedó a un defensor británico. Messi, con ese sentido impresionante de visión periférica que lo hace único y el mejor de todos, se lanzó a toda velocidad para recuperar la pelota y enfrentó a dos jugadores adversarios, amagó ir hacia su izquierda, y con un simple quiebre de cintura se abrió hacia el lado contrario para lanzar con su pierna derecha, la que injustamente se adjetiva como “la menos hábil”, un centro preciso a la cabeza de Lautaro Martínez, que cumplió su sueño de convertir el gol decisivo en este Mundial.
Un puñado de minutos después, minutos que padecimos con el corazón en la boca, el árbitro dio por terminado el encuentro y se abrió paso a la euforia de un pueblo entero.
Todos los símbolos, todos los condimentos estuvieron presentes a la hora de escribir una nueva página gloriosa del deporte argentino.
Y hubo festejos y llantos de emociones que ya no se podían contener. Los argentinos salimos a la calle, millones de hormiguitas eufóricas, alegres, unidas en una celebración que nos une a todos por igual.
Caminé al obelisco en compañía de mi mujer, imbuido de la sana alegría y ávido por presenciar una vez más ese fenómeno social incomparable que es ver a los argentinos de fiesta popular. Abrazos, saltos y cánticos compartidos por extraños hermanados en un sentimiento de comunidad. Algo único, maravilloso, que estos muchachos y el fútbol le regalaron a su gente.
Mientras tanto, los jugadores desplegaban en la cancha, que había sido testigo de su epopeya, una bandera sencilla con la leyenda inmortal: “Las Malvinas son y serán argentinas”. No es simple patrioterismo banal, por el contrario, es reafirmación de principios, la ratificación de un consenso nacional indiscutible y escrito con trazos indelebles en el espíritu argentino.
Regresando a mi casa flanqueado por el coro estridente de las celebraciones, pensé en ese muchacho resiliente y competitivo que nos representa sin altisonancias espectaculares, con modestia y sencillez, pero con firmeza.
Lionel Messi, no lo olvidemos, fue el objeto del escarnio de los propios hinchas argentinos, y ni hablar de tantos periodistas embravecidos, esos que hablan desde sus púlpitos ensoberbecidos sin haber ganado nunca nada. Fue tanto lo que lo atacaron, que, frustrado tras unas derrotas injustas en finales dramáticas, anunció que no jugaría más en el seleccionado de fútbol. Millones de argentinos, en especial los niños y los jóvenes, esos que no habían vivido la épica del 78 y el 86, le suplicaron que vuelva.
Uno de esos niños le escribió una carta. Messi volvió a jugar para Argentina, y quiso el destino caprichoso, que ese mismo niño creciera hasta convertirse en jugador de fútbol. Y su talento lo llevó a jugar al lado de su ídolo. Y ayer recibió un pase del Diez, para estampar un golazo que nunca olvidaremos. Ese niño era Enzo Fernández.
Scaloni fue recibido como entrenador del seleccionado con un escepticismo cruel, y le condenaron antes de haber jugado tan solo un partido. En silencio y con trabajo, respondió a las críticas y apagó las voces de sus detractores más furiosos.
Después de ganar el Mundial de Qatar, Messi mirando a su familia hizo gestos ampulosos diciendo “ya está”, como poniendo punto glorioso y final a su trayectoria. Luego decidió privilegiar su tranquilidad personal y familiar y se fue a jugar a la MLS, una liga que no pertenece a la élite del fútbol internacional. Parecía que todo estaba terminado.
Pero él siguió entrenando con perseverancia fantástica, para amoldar el cuerpo de un hombre cercano a los cuarenta años, a las exigencias de la más alta competencia deportiva en un deporte de contacto físico continuo. Todos dudaban si llegaría en condiciones competitivas a la nueva cita mundialista. Algunos nostalgiosos soñaban con su presencia, “al menos para que juegue unos minutos”, entrando de a ratos para oxigenar con su magia a nuestro equipo.
Él tenía otros planes. A su edad, y después de jugar tres partidos seguidos en pocos días, dos de ellos con el añadido del tiempo suplementario, y sometido a un esfuerzo físico tremendo, en el minuto 92, sí, ¡en el 92! del partido de ayer, se lanzó a toda carrera para disputar un rebote, impidió el completo rechazo del defensor, recuperó la pelota, enfrentó a dos rivales y lanzó el centro perfecto para el gol decisivo de Lautaro Martínez.
¿Cómo no emocionarnos ante este despliegue de competitividad y pasión deportiva?
La selección argentina de fútbol es la demostración cabal de que un proyecto, liderado por la mesura y el esfuerzo conjunto, es capaz de los logros más formidables.
Algunos puristas me tildarán de exagerado por cantar las loas de una epopeya futbolística, pero esos son los que no entienden la raíz esencial de lo humano.
Es hora de entender que no somos máquinas imperfectas, susceptibles de ser manipulados a fuerza de datos y algoritmos que nos disciplinen. Las emociones nos constituyen y nos componen. La pasión es parte fundamental de nuestra esencia. Y el sentimiento colectivo es un ingrediente necesario de nuestro esquema de preservación como especie.
Ignorar la emoción de mi pueblo, hubiera significado darle la espalda a lo humano, a esa raíz vital que nos hace sufrir y gozar, reír y llorar, cantar de tristeza y de alegría.
Sírvanos de ejemplo la actitud de estos muchachos para invitarnos a prolongar el abrazo colectivo, para ampliar las celebraciones, y, por sobre todas las cosas para empezar a transitar caminos donde la solidaridad y el esfuerzo compartido vayan cerrando las grietas que los tecnofeudalistas se empeñan en abrir entre nosotros para engullirse ganancias cada vez más siderales.
Por un día démosle descanso a la Razón y abrámosle paso entusiasmado y desbordante a la Emoción. ¡¡¡¡VAMOOOOS ARGENTINAAAA!!!!
Buenos Aires, Julio 16 del 2026
Sisto Terán Nougués


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