La venganza de Hitler contra su general favorito

El mariscal Erwin Rommel había conquistado la admiración de sus soldados y de sus enemigos durante la Segunda Guerra Mundial. Su oposición a continuar el conflicto lo convirtió en sospechoso de traición y terminó por sellar su destino.
Mundo11 de octubre de 2026
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Adolf Hitler ordenó la muerte de Erwin Rommel, uno de sus generales más admirados durante la Segunda Guerra Mundial.

Era un héroe de la Primera Guerra Mundial y del Tercer Reich de Adolf Hitler durante la Segunda. Era un general admirado, de impresionante astucia, de gran capacidad combativa, admirado por sus soldados; lo conocían como “El zorro del desierto” porque eso había sido en África, cuando enfrentó a las tropas británicas al frente de su división de tanques Panzer y del legendario Afrika Corps. Sin embargo, en aquel Reich que se derrumbaba a pedazos, Hitler decidió que el mariscal Erwin Rommel debía morir. Sospechaba, con razón, que Rommel conspiraba en su contra. Para Hitler, todo aquel que pensara que aquella guerra insensata que estaba a punto de perderse, tenía que cesar, lo traicionaba y traicionaba también a Alemania.

Burgdorf y Maisel no llegaban preocupados por la salud del enfermo, sino para anunciarle que debía morir. Por orden de Hitler, le ofrecieron dos opciones: un suicidio por honor y con cianuro, Burgdorf llevaba encima la cápsula de fino cristal, un entierro con todos los honores y el reconocimiento de todas sus hazañas de guerra o, de lo contrario, si Rommel no aceptaba el suicidio, sería sometido a juicio, condenado y ejecutado, su familia perseguida y enviada a campos de concentración, al igual que todos los oficiales de su Estado Mayor y sus familias. Rommel, entonces, tomó una decisión.

Hitler sospechaba desde agosto de ese año que Rommel conspiraba contra él. Era verdad. Rommel era partidario de poner fin a la guerra, desplazar a Hitler como jefe del gobierno alemán y, si era necesario, encarcelarlo. El 20 de julio, Klaus von Stauffenberg, un coronel de la Wehrmacht y miembro de la aristocracia alemana con el título de conde, un tipo que en combate había perdido el ojo izquierdo, la mano derecha y dos dedos de la izquierda, colocó a los pies de Hitler en su refugio de Rastenburg, al este de Prusia Oriental, una poderosa bomba destinada a liquidarlo junto con parte de su Estado Mayor. Después, huyó del cuartel del Führer y voló a Berlín para ponerse al frente de las operaciones militares que pondrían fin al Tercer Reich.

El mariscal de Campo Erwin Rommel: Hitler decidió que debía morir porque sospechaba que conspiraba en su contra. (Foto: Museo Histórico Alemán, Berlín)
El mariscal de Campo Erwin Rommel: Hitler decidió que debía morir porque sospechaba que conspiraba en su contra. 

Pero todo salió mal para los conspiradores. La bomba, que Stauffenberg había dejado en un maletín al pie de una gran mesa con un enorme pie de madera, ante la que Hitler estudiaba un mapa de la guerra casi perdida, había sido movida de lugar porque a los pies del Führer molestaba. Cuando estalló, Hitler salió maltrecho, pero vivo. Los complotados y los sospechosos de serlo fueron torturados y ejecutados sin juicio, Stauffenberg entre ellos. En pocos días, cuando la matanza llegó a su fin, el número de muertos entre los implicados en el golpe superaba los doscientos. Hitler fue más allá y desató una purga gigantesca entre quienes habían estado en contacto con los complotados o habían simpatizado con su causa. Rommel estaba entre ellos. Su grado de adhesión a un complot que derrocara a Hitler y pusiera fin a la guerra no está en duda; en cambio, su compromiso con el asesinato de Hitler, sí lo está.

Hitler tuvo la confirmación de que Rommel estaba metido en algún tipo de conjura gracias a la confesión del teniente coronel César von Hofacker, que lo había denunciado por escrito. El 15 de julio, cinco días antes del atentado de von Stauffenberg, Rommel había enviado una carta al Führer en la que le reiteraba que, pese al heroísmo con el que luchaban las tropas, “esta lucha desigual llega a su fin”; decía además estar obligado a pedirle a Hitler que: “Saque las consecuencias de esta situación sin demoras”. Según la biografía de Hitler escrita por Ian Kershaw, Rommel hizo saber también a los jefes de la conspiración contra Hitler que estaría dispuesto a unirse a ellos si sus pedidos de que se pusiera fin a la guerra no eran escuchados.

Rommel también tenía ambiciones políticas. En Gran Bretaña, el primer ministro Winston Churchill estaba convencido de que el mariscal no era un nazi, pese a que había bailado la coreografía del régimen: taconazos, brazo en alto, Cruz de Hierro; Churchill también había deslizado que era uno de los pocos alemanes con los que los aliados podían hablar después, eso sí, de la rendición incondicional del nazismo. Rommel había adherido al eventual derrocamiento, juicio y cárcel de Hitler si se negaba a renunciar, pero nunca prestó su acuerdo para su asesinato, que parecía algo insoslayable para el resto de los conspiradores, que eran muchos y divididos en varios grupos inconexos. Todos ambicionaban algo parecido: poner fin a la guerra que consideraban perdida, negociar con los aliados lo que fuese negociable y reconstruir a una Alemania ya devastada.

Hitler y Mussolini inspeccionan la destrucción tras el fallido intento de asesinato del 20 de julio de 1944. (Foto: Museo Histórico Alemán, Berlín)
Hitler y Mussolini inspeccionan la destrucción tras el fallido intento de asesinato del 20 de julio de 1944. 

¿Quién era Rommel? ¿Cómo había llegado de héroe a conspirador, de ídolo militar a condenado a una muerte indigna? Había nacido el 15 de noviembre de 1891 a cuarenta y cinco kilómetros de Ulm. Un chico brillante, estudiante aventajado, soñó con ser ingeniero, pero la negativa del padre, profesor de matemáticas, lo impulsó al Ejército. Su campaña militar, su personalidad, su carácter lo hacían admirado por sus tropas y por sus enemigos. Sus hazañas en las dos grandes guerras del siglo XX son capítulo aparte; su relación con Hitler, no. Lo había conocido gracias a su carácter de hierro, el de Rommel. En 1935, cuando comandaba una unidad de tropas de montaña, Hitler presidió un acto militar en el que el regimiento de Rommel formaría frente al jefe del Estado. La norma decía que una unidad de las SS estaría a cargo de la seguridad de Hitler y se apostaría entre las tropas de Rommel y el Führer. Rommel lo tomó como un insulto y dijo que no se iba a plantar si Hitler no se sentía seguro frente a sus soldados. No hubo SS, y el imprevisible Hitler felicitó a Rommel, que salió airoso de su encontronazo con las SS.

En 1937 escribió su único libro: La infantería ataca, que se tradujo a varios idiomas y tuvo un lector entusiasta: Hitler. El Führer nombró a Rommel jefe de su guardia personal, con lo que el trato entre ambos se hizo cotidiano. El 1 de agosto de 1939, a un mes del estallido de la Segunda Guerra, Rommel fue ascendido a mayor general y destinado al Cuartel General de Hitler como jefe de Seguridad.

Rommel vio, o dijo ver en Hitler cuando el inicio de la guerra, cualidades valiosas: seguridad en sus ideales, valor personal, dotes de mando, obediencia a sus impulsos ante la posición más conservadora de sus jefes militares. No vio, o no quiso ver, o no le importó el Hitler histérico, furioso, obstinado, irracional y fanático que ya era, y que surgiría con más fuerza cuando la suerte de la guerra tornara en su contra.

En 1942 todo cambió. Cuando Rommel perdió África en la segunda batalla de El Alamein, Hitler lo desautorizó por primera vez: revocó la orden de retirada de las tropas germanoitalianas dada por Rommel y ordenó resistir hasta el último hombre. Era una orden suicida. Rommel la acató, pero solo por veinticuatro horas: para evitar la destrucción de su ejército, el heroico Afrika Corps, volvió a ordenar la retirada. La relación entre Hitler y su mariscal preferido se quebró para siempre. Hitler ya no confió en él y Rommel se decepcionó de su comandante en jefe.

Soldados alemanes fueron capturados por las tropas aliadas durante la batalla de El Alamein, en 1942. (Foto: Museo Histórico Alemán, Berlín)
Soldados alemanes fueron capturados por las tropas aliadas durante la batalla de El Alamein, en 1942. 

Aun así, las condiciones militares de Rommel nunca estuvieron en duda. En 1943, Hitler lo puso al frente de la defensa de Francia, en espera de la inevitable invasión aliada. Fue Rommel el creador del llamado Muro del Atlántico, que se suponía era una barrera inexpugnable para quien pretendiera invadir Europa desde el mar. Pero el 6 de junio de 1944, día del desembarco aliado en Normandía, Rommel se convenció de que la guerra no podía ser ganada.

De todas formas, los complots contra Hitler ya habían nacido en febrero de ese año, cuatro meses antes de Normandía y cuando el Ejército Rojo hacía ya un año, desde su victoria en Stalingrado en enero de 1943, empujaba a las tropas alemanas de regreso a Berlín.

Uno de los grupos conspiradores contactó a Rommel a través de dos personas: el alcalde de Stuttgart, Karl Strolin, amigo de muchos años del mariscal y su camarada en la Primera Guerra, y el teniente general Hans Speidel, jefe del Estado Mayor de Rommel en Francia. Fue Strolin quien en febrero de 1944 reveló al mariscal la conspiración contra Hitler y también los horrores de los campos de concentración que, al parecer, Rommel no conocía. El 17 de mayo participó de la reunión de altos mandos militares del Frente Occidental, en la que se habló de modo abierto de un complot para matar a Hitler. Según los testimonios de Speidel y de Lucie, la mujer de Rommel, se habían conocido y casado muy jóvenes; el mariscal se opuso al asesinato y aconsejó una acción menos cruenta. En todo caso, a Rommel no le desagradó que pensaran en él como una figura de recambio, encargada de llevar adelante la difícil tarea de reconstruir la Alemania de posguerra

Seis días después del desembarco aliado en Normandía, el 12 de junio, Rommel se entrevistó con su jefe, el mariscal general Gerd von Rundstedt. Le dijo que la guerra en el Frente Occidental no podía ser ganada. Fue generoso en su expresión: estaba convencido de que la guerra estaba perdida. Cuatro días después, el 16 de junio, Hitler y Rommel se vieron por última vez, junto con von Rundstedt.

Fue una reunión tensa, un diálogo de sordos en el que Rommel sugería una estrategia de lucha en el interior de Francia, y Hitler exigía una resistencia fanática en las costas del Mar del Norte. En un acto de arrojo, Rommel dijo a Hitler que la guerra iba camino a la derrota y que lo mejor era una paz dialogada con los aliados. Hitler enfureció. Le dijo que eso era imposible por dos razones: primero, él no quería el diálogo; segundo, los aliados ya habían decidido la rendición incondicional de Alemania. Las dos cosas eran ciertas. Por último. El Führer dio a Rommel un consejo parecido a una advertencia: “Olvídese de las cuestiones políticas y concéntrese en la defensa”.

El 15 de julio, Rommel envió su carta a Hitler, aquella que hablaba de la lucha desigual que llegaba a su fin, y cinco días después Stauffenberg atentó contra el Führer. En medio de esos dos hechos, el 17 de julio y cuando regresaba de revistar a unas tropas acantonadas en Normandía, el auto de Rommel fue ametrallado por dos aviones Spitfire británicos. Las balas hirieron a su conductor, que murió días más tarde; el coche salió de la carretera y volcó en un canal de riego.

Dos aviones Spitfire británicos como este ametrallaron el auto de Rommel. (Foto: Arthur DENNIS / AFP)
Dos aviones Spitfire británicos como este ametrallaron el auto de Rommel. 

Rommel salió despedido del vehículo y fue a parar al medio de la carretera, con cuádruple fractura de cráneo, heridas en la cara provocadas por los cristales del parabrisas y el ojo izquierdo cerrado por un fuerte golpe. Quedó inconsciente por tres días: despertaba de a ratos, pero era incapaz de moverse o de hablar. De modo que cuando estalló la bomba de Stauffenberg en el refugio de Hitler, Rommel estaba en la mesa de operaciones: Sobrevivió a la reconstrucción del cráneo, a la operación del ojo, quedó sordo del oído izquierdo y con terribles dolores de cabeza. Lo enviaron a recuperarse a su casa, cerca de Ulm.

Hitler sobrevivió al atentado, pero ya nunca volvió a ser el mismo. A sus heridas, tímpanos rotos y sangrantes, pérdida del equilibrio, un temblor constante en su brazo izquierdo, se agregaron las anímicas. Heinz Guderian, jefe del Estado Mayor nombrado después del atentado, diría: “Hitler ya no creía en nadie. Si antes era difícil tratar con él, a partir del atentado se convirtió en una tortura. Y fue cada vez peor a medida que pasaron los meses. Perdía el control con frecuencia y su lenguaje se hizo más violento. Su círculo íntimo ya no ejercía sobre él ninguna influencia moderadora”.

Hitler clamaba venganza. En esos días le interesaba mucho más el destino de los complotados que el de la guerra. En esa paranoia desbocada cayó Rommel, como muchos otros. Hitler lo convocó a Berlín, ya con la confesión escrita de von Hofacker en sus manos. Rommel, que no era tonto y presintió que aquel sería un viaje sin retorno, dijo que sus heridas le impedían el viaje. Hitler entonces despachó a los generales Burgdorf y Maisel con la confesión de von Hofacker, una cápsula de cianuro para Rommel y la orden de impedirle suicidarse con un disparo en la cabeza, para que la muerte pudiera atribuirse a una lesión cerebral provocada por el accidente del auto en Normandía.

Así llegó a la casa del héroe militar aquella caravana fúnebre, auto negro y lustrado, con cortinas que podían garantizar anonimato y dos generales dispuestos a todo. Le enseñaron a Rommel la confesión de von Hofacker y y le plantearon las dos únicas opciones: suicidio o juicio y ruina de toda su familia. Cuenta Kershaw en su biografía de Hitler, que Rommel preguntó si el Führer conocía esa declaración. Luego pidió un poco de tiempo para pensar las cosas. No lo tenía y no se lo dieron.

Manfred Rommel, único hijo del mariscal, tenía quince años aquel día. Prestaba servicios en las fuerzas auxiliares del ejército y años después recordó aquellas horas terribles: “Los generales llegaron a las dos de la tarde del 14 de octubre. Se encerraron en el despacho de mi padre y hablaron durante una hora. Mi madre, el ayudante, capitán Aldinger, y yo permanecimos en el salón en silencio, sin atrevernos a mirarnos a los ojos por miedo a leer la verdad. Fue una espera insoportable. Por fin, los generales salieron, se despidieron con el imprescindible taconazo y un leve besamanos a mi madre, pero se detuvieron en el jardín. Delante de la verja, un automóvil negro, con las cortinillas bajas, esperaba con el motor encendido”.

Rommel fue de una tremenda franqueza con sus seres queridos, según evocó su hijo Manfred: “Mi padre estaba tranquilo, mortalmente tranquilo; recuerdo bien su expresión. Nos dijo que los generales lo habían puesto ante una alternativa: el suicidio con el veneno que habían traído, o el juicio ante un tribunal del pueblo y el internamiento de la familia en un campo de exterminio. La sentencia, decidida por Hitler, debía cumplirse en los siguientes veinte minutos, a partir de aquel momento. Mi madre no quiso rendirse ante lo inevitable. ‘Huye a Suiza, o enfrenta al tribunal, no temas por nosotros’, le dijo. Mi padre, manteniendo sus manos entre las de él, la dejaba desahogarse. Aldinger permanecía a un lado, pálido. ‘Lucie, es mejor así, créeme —dijo mi padre—. Es mejor para todos. En ningún caso habría proceso, porque se volvería en contra de Hitler. Toda esta escena ha sido preparada a propósito para salvar el lado heroico del nazismo. Me harán solemnes funerales oficiales y el melodrama terminará bajando el telón con todos los honores”.

El hijo de Rommel, que fue alcalde de Stuttgart desde 1974 hasta 1996 y figura clave de la Unión Demócrata Cristiana de Alemania hasta su muerte en 2013, jamás olvidó el tono de voz de su padre. “Era aparentemente incolora, casi inhumana en su ausencia de emoción. Se despidió de nosotros como si fuese a volver en pocos minutos. Lo acompañé hasta la verja y le dije: ‘Te deseo todo el bien posible’, sin darme cuenta de qué era lo que decía”. Veinte minutos después, la familia recibió un llamado telefónico del hospital, en el que le informaban que el mariscal Rommel había muerto de una hemorragia cerebral, producto de las heridas recibidas en Normandía. Esa misma tarde llegaron los primeros mensajes de pésame: eran de Adolf Hitler y de Heinrich Himmler.

Adolf Hitler junto a Heinrich Himmler (a la izquierda) y Martin Bormann (a la derecha) en un lugar sin determinar durante la Segunda Guerra, en 1939. (Foto: AFP / FRANCE PRESSE VOIR)
Adolf Hitler junto a Heinrich Himmler (a la izquierda) y Martin Bormann (a la derecha) en un lugar sin determinar durante la Segunda Guerra, en 1939. 

El auto negro de los dos generales, con Rommel a bordo, seguido por un segundo vehículo con soldados de las SS, salió de la casa de Rommel y recorrió un corto tramo de la carretera, unos pocos minutos de marcha serena, hasta que se detuvo a un costado del camino, cerca de un bosque. Entonces el general Burgdorf dijo a Maisel y al chofer que bajaran del auto y caminaran un poco por el costado del camino. Cinco minutos después, Burgdorf alcanzó a los caminantes para pedirles que regresaran con él al vehículo. Allí hallaron a Rommel tendido en el asiento trasero, con su gorra y el bastón de mariscal en el piso, retorcido por los estertores causados por el cianuro: agonizaba, pero todavía estaba vivo. Los dos generales lo llevaron entonces a un cercano hospital militar, amenazaron a médicos y enfermeras para que no revelaran nada y los obligaron a firmar un certificado de defunción que adjudicaba la muerte de Rommel a un derrame cerebral, producto de sus heridas en Normandía.

El comunicado oficial del Reich decía: “El general y mariscal de campo Rommel ha fallecido, como resultado de la grave herida que recibió en la cabeza en un accidente de automóvil, siendo jefe de un grupo del Ejército del Oeste. El Führer ha dispuesto que sean tributadas honras fúnebres nacionales a los restos de uno de los jefes del Ejército alemán que, se hace resaltar, logró más victorias y cuyo nombre quedará unido para siempre a la lucha que, durante dos años, libró el Afrika Corps”.

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