
El último misterio de Perón (video)

El comisario Mario Fonseca tenía que revelarle una información en privado: José López Rega, el intrigante secretario de Juan Domingo Perón, había ordenado asesinarlo. Giancarlo Elía Valori, el italiano que se había convertido en un asesor internacional del Presidente, lo escuchó aterrado.
La organización criminal Triple A, ligada a López Rega, ya había debutado con una bomba en el auto del senador Hipólito Solari Yrigoyen. La erupción de los asesinatos políticos comenzaba a derramar su lava irrefrenable. No podía perder tiempo. Valori tomó el primer vuelo que encontró y regresó a Italia vía París. Era diciembre de 1973. Nunca más regresaría a la Argentina.
¿Cómo había ocurrido? Apenas un año antes se encontraba en la gloria: era interlocutor de líderes internacionales, tenía contacto directo con el Vaticano y se abría camino en América latina como uno de los extranjeros más influyentes. Había sido el anfitrión en Roma de los artistas, dirigentes políticos y sindicalistas que regresaron con Perón a la Argentina después de su exilio. Los había recibido como un maestro de ceremonias en el aeropuerto de Fiumicino. Su influencia parecía infinita. El propio Valori había sido el encargado de conseguir los fondos de la familia Agnelli, dueños de la FIAT, para pagar el chárter de Alitalia que llevaría a Perón de regreso. Viajó en el avión como el director de orquesta de aquella troupe ecléctica. Ningún extranjero tenía semejante influencia en el reducido círculo del tercer gobierno peronista. Había servido de intermediario con el Vaticano para que el líder reconstruyera su relación con la Iglesia católica. Tenía vínculo directo con empresas como Pirelli, la energética ENI o Techint. Había dado conferencias en Buenos Aires. Soñaba con ser el artífice de una alianza entre la Argentina y Europa.
Y solo unos meses después de aquella cima de poder, Valori debía huir desamparado a través de Ezeiza para no volver jamás. Nunca más.

Valori fue asesor internacional de Perón pero terminó amenazado por la Triple A
Desde aquella partida solitaria transcurrió más de medio siglo. El verano de 2026 se avecina tórrido en Roma. Valori atiende en su departamento del barrio de Trastevere una llamada desde Buenos Aires. LA NACION le pide una entrevista. Se niega. Desde los tiempos turbulentos del tercer gobierno peronista, Valori guarda heridas, gratificaciones y secretos, en especial uno: las gestiones para recuperar el cuerpo de Eva Perón oculto con un nombre falso en un cementerio de Milán. Hoy prácticamente no sale de su departamento. Apenas puede moverse.
Las semanas pasan. Las llamadas de LA NACION se repiten con empecinamiento. A la larga, Valori acepta recibir al equipo periodístico. A los 86 años, finalmente, quiere narrar su historia. “Tengo mucho que contarle”, acepta.
Tras el vuelo sobre el Atlántico, el Lazio recibe con sus colinas verdes y el tren se abre paso hasta la estación Trastevere. Pero cuando LA NACION llega al departamento de Valori, su secretario pide que la camarógrafa se retire. Aquel primer encuentro será a solas, sin grabaciones ni registros. Las puertas se abren, el secretario acompaña y finalmente, sentado en un pequeño comedor, Valori espera sonriente con una enorme servilleta de tela sobre el abdomen. Antonella, la cocinera personal, entra por una puerta lateral con los fettuccine servidos. Es solo el primer plato. Habrá vino de Toscana, preguntas sobre la Argentina, sobre Javier Milei, sobre el peronismo, y también straccetti con carciofi de segundo plato. El almuerzo es una prueba de confianza, alla italiana, antes de hablar. Nada termina antes de un licor de hierbas y un café, y más preguntas, y pedidos al secretario para que alcance las fotos de su historia. Así, hasta el atardecer.
Al día siguiente, el examen fue superado. Giancarlo Elía Valori recibe a LA NACION con un traje oscuro, a rayas, y una corbata y pañuelo dorados. Su living es un museo personal, desbordante de retratos suyos con líderes políticos y objetos de arte, en su mayoría de China. Al fondo, en un lugar destacado, hay un óleo de su madre.






Influencia
Valori era un hombre de muchas relaciones: con el exsecretario de Estado de EE.UU., Henry Kissinger; con el exministro israelí, Moshé Dayán; con el presidente de EE.UU., Barack Obama; con el líder chino Xi Jinping; con el exprimer ministro de Israel, Shimon Peres y con el papa Juan Pablo II
Valori nació en Meolo, un pueblo cercano a Venecia de apenas seis mil habitantes. Durante la Segunda Guerra Mundial, su madre Emilia Marinelli Valori salvó a un centenar de judíos, a quienes ocultó en su local cuando el fascismo impuso las leyes raciales.
Su hermano, Leo Valori, fue representante en la Argentina de la ENI, la empresa energética italiana, y se transformó en un amigo de Arturo Frondizi.
En un viaje a Italia, su hermano Leo Valori le presentó a Frondizi. La fascinación fue mutua. Al poco tiempo, el presidente fue derrocado, pero el vínculo continuó.
Para entonces, Giancarlo Elía Valori ya había sido nombrado como “camarero de capa y espada” por el Papa. Era una antigua distinción, que lo consagraba como uno de los laicos encargados de recibir a dignatarios, jefes de Estado y embajadores en los actos del Vaticano. El nombramiento le daba presencia en la antesala pontificia, el ámbito donde se cocinaban los encuentros y conciliábulos previos a las audiencias con el Papa.
Frondizi estaba convencido de que la Argentina necesitaba un gobierno de unidad para superar los golpes de Estado. Valori intercedió entonces para lograr una cumbre que en 1972 parecía imposible.
—Hablé con Perón y acordamos un encuentro en Madrid —recuerda Valori—. Yo acompañé a Frondizi a Puerta de Hierro. Fue una reunión muy interesante. Hablaron durante toda la tarde. Habían entendido que para que las industrias avanzaran en la Argentina hacían falta garantías. Después acompañé a Frondizi a otras reuniones, con Umberto Agnelli (dueño de FIAT), que tenía intereses en la Argentina, banqueros e industriales. Frondizi les generaba confianza. Tenía una concepción muy clara del desarrollo, sobre todo energético.
Valori revela que Frondizi anhelaba convertirse en el canciller de Perón, en un gobierno de unidad nacional. Pero Perón lo escuchó y nunca lo avaló.
De todas formas, el fundador del PJ quería beneficiarse con las influencias de Valori en el Vaticano. Había trabajado durante sus años en el exilio para que se levantara la excomunión que pesaba desde 1955 y ansiaba recuperar el cuerpo de Eva, ocultado en Italia entre sacerdotes y servicios de inteligencia militares.
—Perón me dijo que después de la muerte de Eva su cuerpo había sido embalsamado. Primero se escondió en un convento cerca de Roma y el secreto de su ubicación se había pasado de presidente a presidente. —¿Usted intercedió para que el Vaticano permitiera recuperar el cuerpo? —Hablé con ciertas personas. Y creo que Perón, siendo católico, se había arrepentido (del enfrentamiento). Se logró una charla entre Perón y el cardenal Agostino Casaroli. Fue una conversación muy franca.


Esas conversaciones y el beneplácito de un sector de las Fuerzas Armadas permitieron acelerar la entrega del cuerpo, que entonces estaba enterrado en Milán con un nombre falso.
—Vi el cuerpo de Eva Perón en Madrid. Estaba intacto. Después de tantos años todavía se veía que había sido una mujer hermosa. Esa recuperación era importante para la pacificación del país. Yo pensaba que la Argentina debía encontrar una unidad.
—¿Debió interceder ante el papa Pablo VI para facilitar la entrega del cuerpo? Los labios de Valori se curvan en una sonrisa cargada de secretos. Los recuerdos dan vuelta en su cabeza. Se detiene entre los deseos de trascender, que se conozca su historia, y las promesas de silencio que hizo a lo largo de su vida.
—Algunas cosas son secretas y permanecerán secretas —responde y extiende los brazos como disculpándose.
La carta
Cuando la entrevista parecía terminada, al tercer día, Giancarlo Valori invita nuevamente a su departamento al equipo de LA NACION. Está relajado. Abandonó el traje y viste una camisa con un chaleco naranja. Sus manos se apoyan sobre una pila de papeles. Está dispuesto a revelar un último secreto.
—Perón vino a Roma sin López Rega —cuenta— y fue muy interesante, porque fue en secreto a visitar una iglesia importante. Se había arrepentido.
—¿Fue a una iglesia? —Sí, a una iglesia, donde había un religioso muy importante. ¡Top secret!
Valori evita el nombre con picardía, pero se sabe que Perón ansiaba una audiencia pública con el papa Paulo VI. El encuentro, finalmente, fue secreto. El ensayista José María Poirier, experto en la historia de la Iglesia, explica que “el Papa desconfiaba de Perón”. Los separaba su formación ligada a la socialdemocracia, más liberal que la de sus antecesores y reformista. El relato de Valori confirma que, si bien no hubo encuentros públicos, hubo contactos secretos. Y se guarda para el momento culminante su principal revelación: levanta una hoja de la pila de documentos y fotografías. Su gesto se vuelve serio. Toma el papel con ambas manos y lo acerca lentamente.
—Perón le mandó una carta al Papa —revela—. Está fechada el 30 de octubre de 1972. Envío esta carta al Papa, a Pablo VI, que yo traje y te ruego que la leas.
Por primera vez en la historia, la carta sale a la luz. Valori guardó una copia del original que se encuentra en el Vaticano. En el texto, Perón le anticipa a Pablo VI que volverá a la Argentina para “pacificar” y reconoce que el país está sumergido en una “lucha estéril y violenta”. Pero una frase en especial arroja nueva luz sobre el derrotero del cadáver de Eva. Perón le escribe al Papa que quiere agradecerle “vuestros cristianos esfuerzos para la devolución de los restos de la señora María Eva Duarte de Perón”. Nunca antes se había mencionado la intervención directa del Papa en la recuperación del cuerpo. El operativo se había aceptado como una tarea de un grupo de sacerdotes de la Compañía de San Pablo, a través del pedido de los servicios de inteligencia del Ejército. Pero Pablo VI lo sabía. La carta lo demuestra. Y Perón le agradeció su esfuerzo.
La misiva cierra con el deseo de contar con la “bendición” papal antes de volver a la Argentina.
Giancarlo Elía Valori reveló una copia en su poder de una carta que Juan Perón le escribió al Papa Paulo VI en 1972
En la carta le confirma al Papa que va a regresar a la Argentina tras su exilio y busca reforzar su acercamiento al Vaticano, luego de haber sido perdonado de la excomunión impuesta en 1955.
Ansiaba lograr una audiencia pública con el pontífice antes de su regreso a la Argentina, luego del exilio. Paulo VI todavía desconfiaba del líder del peronismo y se negó a mostrarse con Perón en público
Sin embargo, la carta exhibida por LA NACION revela que el Papa intercedió personalmente para devolver a la Argentina el cadáver de Eva Perón.
El encuentro con el Papa, finalmente, fue en una iglesia de Roma a solas y sin público. Un mes después de la carta, Perón se embarcó en el chárter de Alitalia que había ayudado a financiar Valori con fondos del empresario Umberto Agnelli. Aterrizó en Buenos Aires después de 17 años de exilio. Pero el retorno definitivo sería el 20 de junio de 1973, cuando se enfrentaron la izquierda y la derecha peronistas en la Masacre de Ezeiza. Durante el tiempo en que estuvo en la Argentina con Perón, Giancarlo Valori supo que la CIA le revisaba las cartas que enviaba a Italia. —Yo era una de las pocas personas que hablaba francamente con Perón y querían saber —reconoce.
LA HISTORIA DETRÁS DE LA CARTA
Tras su enfrentamiento con la Iglesia y el golpe de estado de 1955, Perón estuvo exiliado hasta que volvió al país en de manera definitiva en 1973
El enfrentamiento
Antes de ser derrocado en 1955, Juan Domingo Perón atravesó un fuerte enfrentamiento con la Iglesia Católica.
Perón expulsó a sacerdotes y grupos peronistas respondieron con la quema de iglesias.
La represalia
El Vaticano, a cargo entonces de Pio XII, castigó a Perón con una excomunión

Durante su estadía en España, Perón entró en relación con el italiano Giancarlo Elía Valori, quien junto a otros protagonistas intervino para lograr el perdón del Vaticano
La cumbre
Valori anhelaba que Frondizi fuera el canciller de Perón, en sintonía con la socialdemocracia europea. Pero Perón no lo aceptó
El nexo con la Iglesia
Perón se valió de los contactos que Giancarlo Valori tenía en el Vaticano para lograr la recuperación del cadáver de Eva Perón

El cuerpo de Eva
El cadáver de Eva Perón, que estaba embalsamado, había sido secuestrado por el Ejército ante el temor de que se transformara en un lugar de peregrinación. Primero fue escondido en la sede de los servicios de inteligencia del Ejército en Buenos Aires. Luego fue trasladado a Italia con la ayuda de sacerdotes. Se enterró en Milán con un nombre falso.
La Iglesia devolvió a Perón el cuerpo de Eva Perón en 1971. El cadáver fue trasladado desde Italia a Madrid por tierra, custodiado por un sacerdote.
El regreso
Valori consiguió los fondos para financiar el chárter de Alitalia que trajo a Perón de regreso a la Argentina en 1972, tras 17 años de exilio. Y en la escala del avión en Roma ofició de anfitrión de toda la comitiva.
Pero su retorno definitivo sería el 20 de junio de 1973, cuando se desató la Masacre de Ezeiza entre grupos de izquierda y derecha del peronismo. Sería un anticipo de la violencia que arrastraría al país hacia su abismo.
Valori le había presentado a Perón a otro italiano, Licio Gelli, que se mostraba por entonces como un empresario con múltiples contactos con la Iglesia y con la Democracia Cristiana. Pero debajo de la superficie, era mucho más que eso.
Gelli, un exoficial fascista que había servido a los nazis, había usado una logia masónica secreta llamada Propaganda Due (P2) para reunir a miembros de los servicios de inteligencia, autoridades militares, políticos, empresarios y extremistas en una cruzada anticomunista. Silenciosamente, Gelli fue sumando adeptos a su logia en la Argentina: José López Rega, el canciller Alberto Vignes, el almirante Emilio Massera, el general Carlos Guillermo Suárez Mason. Todos los nombres saldrían a la luz una década después con una investigación judicial en Italia. Pero en junio de 1973, apenas una semana después de la masacre de Ezeiza, el gobierno peronista le entregó a Gelli un pasaporte diplomático y poco después fue condecorado. Nadie imaginaba entonces las actividades que Gelli desarrollaba en las sombras.
En 2008, en una entrevista con el autor de este artículo y con el periodista David Cox, Gelli contó que antes había iniciado al propio Perón en la masonería, a través de un ritual llamado "all'orecchio del maestro", al oído del maestro.
El propio Valori fue miembro de la P2, pero luego fue “expulsado” por orden de Gelli, que velozmente ganó poder en el gobierno peronista de la mano de López Rega. El entorno se volvía cada vez más amenazante para Valori.
—Yo le dije a Perón —rememora Valori—, una mañana de 1973 en que estaba en la Argentina, que López Rega era delincuencia, que no era correcto. Y los hechos lo demostraron, sobre todo ciertos vínculos peligrosos que tenía, como el almirante Massera.
Las pruebas de la autenticidad
La carta fue analizada por el perito Gastón Federico Latour





Mayúsculas
Según el perito caligráfico y grafólogo Gastón Latour, la complejidad de las mayúsculas es una de las señas de identidad de la escritura de Perón. “Al ser una escritura evolucionada y cursiva, tiene características propias muy importantes; no quedan dudas”, confirmó.
La firma
El perito caligráfico ratificó que se corresponde con otras firmas anteriores de Juan Domingo Perón, que habían sido reconocidas como válidas por él mismo.
Componentes emotivos
La palabra “regreso” está fuera del contexto general de la redacción. “No se corresponde con el resto de la escritura y muestra la presión que sentía Perón por el regreso a la Argentina, el conflicto interno que tenía”, explica el perito caligráfico.
Así mismo destacó el espacio en blanco anterior al nombre de Eva Perón que deja Perón en la escritura. La explicación que da Latour es que se trata de una señal de “gran emotividad” del autor de la carta, que pone una distancia especial con la persona nombrada.
El odio que con el tiempo Valori acumuló hacia Licio Gelli lleva a que ahora ni siquiera pueda nombrarlo. En tres días de entrevista en Roma, jamás lo menciona por su nombre o apellido. Pero cada vez que alude al entorno amenazante de López Rega y Massera, la presencia del jefe de la logia Propaganda Due sobrevuela en sus palabras.
—¿Gelli tenía contacto con los servicios de inteligencia? —Era amigo de Massera y luego lo sería de la junta militar y de los peores servicios de inteligencia de la Argentina —contesta Valori sin repetir el apellido prohibido.
—Massera sabía lo que yo le advertía a Perón —añade.
—¿Y Perón qué decía? —Me escuchaba, pero ya estaba enfermo —responde Valori con un gesto de resignación. Entonces, en diciembre de 1973, el comisario Fonseca le reveló el plan para asesinarlo en Buenos Aires. Valori no miró atrás. Tomó un avión y aterrizó en el frío invierno de París. La violencia política que había amenazado su vida terminaría escalando y hundiría a la Argentina en la dictadura.
En Trastevere, Valori quiere seguir hablando, regresar a aquellos años de prestigio e influencia, pero su cuerpo le pide una pausa. Está agotado. Saluda sin levantarse de la silla y, mientras los reporteros se marchan, observa a su alrededor y pasa la mirada por su living desbordante de retratos y recuerdos. Sabe que no volverá más a Buenos Aires, solo a través de la memoria.


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