
El inadmisible ultimátum de un demente

“¡Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras!” La frase se instaló como parte del reservorio de citas célebres españolas, y se atribuye erróneamente a Cervantes en su inmortal Don Quijote de la Mancha.
Al parecer su origen real se remota al “Cantar del Mio Cid”, donde la frase original sería “cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras”.
Mi padre la usaba con frecuencia para describir situaciones que le causaban un asombro extraordinario, cuando se superaba el límite de toda racionalidad.
Lamentablemente la historia de la humanidad está jalonada por la intervención funesta de locos peligrosos que llegan al poder imbuidos de pretensiones mesiánicas y colocan una y otra vez al mundo en situaciones terroríficas donde el crimen de la guerra se disemina viscosamente por todos los continentes.
Las dos guerras mundiales del siglo pasado, con su cosecha tenebrosa de hambre, desolación y muerte que afectó a unos cien millones de personas, puso en evidencia la existencia de un poderío tecnológico brutal que, de ser utilizado, podría acabar con la especie humana por sus efectos devastadores.
Los líderes mundiales quedaron aterrorizados al comprobar la terrorífica escena que proyectaron los asesinatos masivos de Hiroshima y Nagasaki. Se creó la Organización de Naciones Unidas, un renacer de la frustrada Sociedad de las Naciones creada tras la Primera Guerra Mundial, y se crearon foros internacionales para impedir que los conflictos se resuelvan por métodos bélicos. Se firmaron tratados para evitar la proliferación de armas nucleares, aunque las superpotencias se garantizaron contar con arsenales escandalosamente gigantescos que les aseguraba supremacía militar abrumadora con respecto al resto de las naciones del mundo.
Los Estados Unidos y la Unión Soviética continuaron sus sordos enfrentamientos en lo que se conoció con el nombre de la Guerra Fría, y la paranoia que generó el peligro de una destrucción nuclear llevó a muchos a construir refugios antiatómicos para preservarse. Las dos superpotencias participaron en numerosas guerras desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, incluso de manera directa, como en Afganistán, Irak, Corea, o Vietnam. A pesar de enfrentarse con poblaciones con muchísimo menor poder de fuego, sufrieron inclusive derrotas en el mediano o largo plazo. Sin embargo, jamás se les ocurrió usar su armamento atómico como elemento de amenaza cierta o probable para terminar el conflicto. Era demasiado monstruoso que sucediera algo así. Simplemente la opinión pública mundial no lo toleraría.
El punto límite de tensión quizás llegó con la denominada “Crisis de la Bahía de los Cochinos”, donde se dice que un par de llamadas telefónicas del mítico aparato que conectaba Washington con el Kremlin, evitaron la locura.
Pero el mundo ha cambiado desde entonces, y, como una consecuencia indeseada de la irrupción de las redes sociales, los modos comunicacionales involucionaron hacia una degradación del lenguaje, una violencia inusitada consentida como si se tratara de una manera lógica de dirigirse al prójimo, y una chabacanería prepotente que simula ser sinónimo de frontalidad discursiva. Estos métodos vulgares, resultaron ser muy eficaces para polarizar las sociedades, inflamar el odio, avivar los resentimientos, y permitir el acceso al poder de líderes delirantes.
Un político que se expresaba de buenas maneras, con expresiones razonadas, cuidando las formas y procurando no trasponer los límites de la prudencia, pasó a ser considerado un individuo falso, “acartonado”, un impostor. Por el contrario, el que usaba palabras soeces, decía lo que se le venía en gana, se contradecía sin amilanarse, y amenazaba violentamente a sus adversarios, a los que no les concedía ni siquiera el derecho a opinar, pasó a definirse como un personaje sincero, franco, espontáneo.
Ex profeso estos personajes siniestros aprovecharon la tecnología imperante para profundizar las peores pasiones de sus conciudadanos y sacaron indebido provecho de la intensificación del odio y la discriminación.
En los Estados Unidos regresó al poder un loco impresentable.
¡Un loco impresentable! Se merece la adjetivación sin ninguna duda. Ya había ocupado el puesto de Presidente de la Nación más poderosa del mundo, y su mandato había concluido con una penosa tentativa de toma violenta del Capitolio, que se cobró la vida de muchas personas.
Donald Trump es un individuo estrafalario. De estructura intelectual muy rudimentaria, creció haciendo negocios basado en la explotación al límite de la prepotencia y al borde continuo de la ilegalidad y el incumplimiento de sus contratos. De una conducta sexual desordenada, penden sobre su persona una serie de acusaciones judiciales por diversos delitos, y la publicación de los famosos archivos del llamado caso Epstein ponen en severa tela de juicio aspectos verdaderamente viciosos y perversos de su personalidad. Todo lo que enuncia y describe este párrafo es absolutamente comprobable y está al alcance de cualquiera que desee informarse al respecto.
Regresó al poder casi octogenario. Lo hizo recargado en su furibunda demencia. Abrió las puertas del odio de inmediato. Despreció las formas democráticas y avasalló al Congreso de los Estados Unidos mediante el dictado de más de un centenar de órdenes ejecutivas iniciando una abrupta guerra comercial mediante la imposición unilateral de aranceles de importación avanzando en una feroz economía proteccionista en el país del libre comercio (siempre predicado, pocas veces practicado).
En una sucesión de exabruptos insoportables empezó a burlarse de sus aliados, y a ejercer sobre ellos prácticas penosas de intimidación. Amenazó a Groenlandia, a Dinamarca, a la OTAN, despreció a Ucrania humillando a su presidente inmerso en una guerra con Rusia, bombardeó Venezuela, secuestró a su presidente y pactó con el régimen chavista para que nada cambie en ese país, salvo la propiedad del petróleo y sus recursos naturales, de los que se apropió como un ladrón cualquiera.
Enojado porque no recibió el premio Nobel de la Paz, consideró que ya no tenía ataduras para iniciar nuevas guerras. Esto que narro parece increíblemente idiota, pero está sucediendo en estos momentos. Prometía pacificar el mundo, inició una tormenta de guerras estúpidas e inconclusas.
En el mientras tanto, desató una furia discriminatoria incontenible dentro de su propio país. Dispuso el envío de fuerzas paramilitares ostentosas en distintos estados de la Unión, para amedrentar, perseguir, y hasta asesinar ciudadanos estadounidenses. La muerte de un ser humano no le produce ninguna preocupación. Su psicopatía le hace transitar el horror con un palabrerío insustancial e insensible.
Ya no puede engañar más a nadie. No hay detrás suyo ninguna estrategia, es pura bravuconada de patán neoyorquino. Disfruta el causar miedo o ridiculizar a sus interlocutores, si puede, en persona y en público. Es un individuo desquiciado que cada día supera un nuevo límite contra lo racional.
Preocupado por la repercusión negativa de los archivos Epstein contra su persona, y el mal humor generalizado en el interior de su país por la situación económica y el accionar violento del ICE, la versión yanqui de las camisas negras de Mussolini o las pardas de Adolf Hitler, decidió muy suelto de cuerpo iniciar una guerra.
Descartó Groenlandia y Cuba, se decidió por Irán. Al fin y al cabo era un objetivo más vendible para su público. Envalentonado por Netanyahu, que inteligentemente se aprovechó de él para la consecución de sus propios objetivos de guerra, ordenó un ataque contra el país persa. Ya en Junio del año pasado habían efectuado una operación conjunta llamada la “Guerra de los Doce días”, en la que anunciaron formalmente que destruyeron por completo, obliteraron es el verbo que usaron, la capacidad bélica iraní.
No obstante, a falta de un enemigo mejor para la concreción de sus aspiraciones megalomaníacas, Trump decidió iniciar un nuevo ataque, que prometió devastador y velocísimo. Duraría un máximo de cuatro semanas y concluiría con la caída del régimen de los ayatolas. Las semanas pasaron, se asesinaron docenas de líderes iraníes, murieron miles de personas, se atacaron bases militares en distintos países del medio oriente, asesinaron con bombas a niñas de una escuela en Teherán, bombardearon el Líbano, y todo sin que nadie entienda ni las razones, ni los objetivos del conflicto.
Desconectado de la realidad, planifica acciones militares como si se tratara de un juego.
En los actos protocolares más insignificantes hace uso de la palabra para referirse a la muerte de seres humanos con una liviandad moral que aterroriza. Escolares tienen que escuchar al presidente de su país hablar de la guerra como si fuera un tema trivial, menor, insignificante.
Tanta demencia e irresponsabilidad le está saliendo caro. Como ya dije antes, su capacidad de engaño está mellada. Todo el mundo sabe que se metió en un callejón sin salida. Inició una guerra sin un plan de acción.
Creía que el asesinato de Jomeini le aseguraba una insurrección general en el país persa, y esto no sucedió. Pensó que las acciones bélicas serían poco más o menos que una excursión de fin de semana de los boy scouts y se topó con una tenaz resistencia. Los ataques iraníes a las bases militares norteamericanas en medio oriente, le sorprendieron. Nunca imaginó que sus enemigos cerrarían el estrecho de Ormuz, con las consecuencias económicas que esto implica para el mundo entero. Y creyó que toda Europa le iba a seguir mansamente a una guerra estúpida, y se enfureció cuando vio que se quedaba solo, llevándolo a insultar a sus aliados y recordarles que su subsistencia como naciones se debía a la intervención norteamericana en la Segunda Guerra Mundial. Insultó en la cara a la primer ministra japonesa recordándole Pearl Harbour, en medio de una reunión pactada para el tratamiento de otras cuestiones.
Desesperado y acorralado por su demencia, decidió dar un paso más. Lanzó el ultimátum de la locura, ese que angustiaba a la humanidad. Amenazó expresamente con desatar el infierno. Con su liviandad habitual, lo hizo en su red social.
ESTA NOCHE MORIRÁ TODA UNA CIVILIZACIÓN PARA NO VOLVER JAMÁS.
Literal. Lo escribo así, con negritas y con mayúsculas. No es para menos. El Presidente de los Estados Unidos dio un ultimátum. Si a determinada hora del día de ayer no había una rendición absoluta, destruiría en una sola noche toda una civilización casi tres veces milenaria.
Una locura inadmisible, total y absoluta muestra de demencia senil peligrosa.
Pensar que parte de la suerte del mundo está en manos de este loco, produce escalofríos.
Por suerte para todos, este personaje rústico no deja de ser un patán de poca monta, y sus eufóricas exaltaciones dan paso a depresiones y súbitos cambios de humor, quizás producto de algún individuo racional de su entorno o de las fuerzas armadas, pero el hecho es que “reculó en chancletas” como se dice comúnmente.
Trump y su gobierno en verdad no saben ya como salir airosos del lío en que se han metido. Aparentemente la opinión pública norteamericana no va a consentir una expedición terrestre que implique envío de tropas de invasión a Irán. Pareciera también que el régimen iraní está todavía muy lejos de caer por una insurrección interna que no aparece. No hay aliado alguno que tenga muchas ganas de meterse en el conflicto. Rusia se relame satisfecha y se advierte único ganador en un conflicto en el que ni siquiera es parte.
En fin, lo cierto es que el plazo venció, y la civilización persa sigue viva. No fue arrasada. Al contrario, se anuncia un cese el fuego por dos semanas, y se habla de conversaciones de paz, donde en apariencia los iraníes envalentonados se animarían a introducir cuestiones que jamás pensaron que podrían llegar a plantear.
Veremos, por ahora todo es historia en desarrollo.
A la locura insensata de Trump quiero oponer el mensaje de paz y amor que León XIV, papa católico de origen norteamericano ha expresado con contundencia y en palabras muy simples.
“Hoy como todos sabemos ha habido una amenaza contra todo el pueblo de Irán, esto verdaderamente no es aceptable… me gustaría invitar a reflexionar a todos de verdad con el corazón en la suerte de tantos niños, tantos ancianos, tantas víctimas completamente inocentes de esta escalada de una guerra que muchos han dicho que es una guerra injusta, que sigue escalando y no resuelve nada. En realidad tenemos una crisis económica mundial, y una situación de gran inestabilidad que solo está provocando más odio en el mundo. Les pido que vuelvan a la mesa y busquemos soluciones pacíficas y pensemos siempre en los niños, los ancianos, los enfermos, los inocentes. Y recordemos que los ataques contra infraestructura civil van contra el derecho internacional, pero además son una señal de odio, la división y la destrucción de la que el ser humano es capaz. Les pido que trabajen por la paz y El mensaje papal, expresado con claridad, sin exaltación, con absoluta prudencia, es un bálsamo que reconforta. Al menos alguien en el mundo habla desde el sentido común y con el corazón en la mano. El contraste con la demencia es tremendo.
Que Argentina, mi querido país, en lugar de ser uno de los promotores de la paz mundial, se haya convertido en un perrito faldero de Trump, me produce una tristeza enorme.
Milei es una caricatura grotesca empeñada en seguir insanamente los pasos del presidente estadounidense. Con su propia patología patética a cuestas, se ha transformado en un pregonero de la guerra. El pregonero era el encargado de anunciar con bombos y platillos las noticias, anunciando festividades y productos. Su trabajo consistía en ser los divulgadores de algo.
Milei asume como propia una guerra ajena. Se congratula cuando las bombas caen sobre Beirut, Caracas o Teherán. Le tienen sin cuidado los muertos inocentes. Su escandalosa sumisión para con las órdenes de Washington y Tel Aviv es inconcebible. Desear la guerra y festejar sus méritos es propio de una persona imbécil, que no está en su sano juicio. Lo peor de todo es que se trata de Jefes de Estado. Increíble.
De todas las desviaciones de Milei, esta es la que más me preocupa, el abandono de la neutralidad y la paz como banderas esenciales de nuestra política exterior. “Cosas veredes, Sancho, que non creyeres…”.
Quiera Dios que la sensatez predomine, y en los próximos días se vean avances por la paz, pero nada de lo que suceda, para bien ni para mal, podrá hacer olvidar la funesta fecha en que un presidente norteamericano prometió borrar una civilización entera de la faz de la tierra en una sola noche de terror y locura.
San Miguel de Tucumán, 09 de abril del 2026
Sisto Terán Nougués


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