
Revelaciones sobre Rasputín: orgías, un pene de 30 centímetros y un asesinato que costó ejecutar

El territorio de Rasputín es el de la leyenda. Sobre nada de lo que hizo, de lo que le sucedió o de lo que dijo existen certezas. Un hombre con poderes, un aprovechador maligno, el monje negro, principal consejero de los zares, un amante legendario, un depravado sexual, el organizador de orgías gigantescas, un estafador, sanador, espía alemán, un clarividente que lanzó profecías que luego se cumplieron, el hombre que se resistía a morir. Todo (o nada de) eso fue Rasputín.
Grigori Yefimovich Rasputín, en su origen un campesino siberiano, se convirtió en uno de los hombres más poderosos en el final de la Rusia de los Zares. Su pasado era oscuro e incierto. Nada de educación, algunos delitos, un intento por ingresar en la vida espiritual, un paso por una especie de secta. Su acercamiento con los Romanov, la familia del zar, ocurrió de casualidad.Aleksiev, el Zarevich, el hijo varón de Nicolás y Alejandra era hemofílico. Sus padecimientos cada vez eran peores. En 1905 durante una gran hemorragia, Rasputín logró acercarse al pequeño príncipe y, dicen los testigos, lo sanó. Otros afirman que sólo lo tranquilizó. La zarina desesperada le preguntó qué debía hacer y Rasputín le dijo que alejara al chico de los médicos. Aleksiev misteriosamente mejoró. La zarina Alejandra quedó deslumbrada con la intervención de Rasputín. De esa manera se integró a la Corte. Pronto pasó de acompañar a la familia del Zar y de oficiar de médico personal a opinar y decidir sobre cualquier asunto de estado. El poder de Rasputín creció con el paso del tiempo y con la creencia de que era el único capaz de paliar los padecimientos del zarévich.

Estaba casado con Praskovia, una mujer tres años mayor que él y con quien tuvo cinco hijos, aunque los dos primeros murieron apenas nacieron. Pero en 1892, apenas nació su quinto hijo, abandonó el hogar. Se recluyó en un monasterio. De allí pasó a un desprendimiento de la Iglesia Ortodoxa Rusa, a una herejía, una especie de secta llamada Los Flagelantes (los Jiystý). Sostenían que se podía alcanzar la paz espiritual y el camino de la salvación a través del dolor. Se sometían a castigos físicos y vejaciones como parte de su educación espiritual. Sin embargo como el placer y el dolor muchas veces son tan cercanos una de las actividades más frecuentes de la secta eran las orgías apoteósicas. La doctrina de los Jiystýsostenía que Jesús se reencarna, cada tanto, en un ser humano. Y que el intercambio con esta deidad (o con ese humano que contiene un dios) expurgaría los pecados, los transformaría en virtud. Que el pecado terminaba acercando a la salvación. Lo interesante de la secta era el rito, sus ceremonias grupales. Empezaban con azotes y flagelaciones seguían con plegarias que se convertían en cantos colectivos, bailes giratorios grupales mientras el alcohol era consumido en grandes cantidades. Pero para llegar al éxtasis y al trance grupal, pasos indispensables en el proceso espiritual de los Jiystý, todo se transformaba en una enorme y larguísima orgía, maratones sexuales en las que todos se confundían entre sí sin distinción de género. Había también sadomasoquismo, zoofilia y hasta necrofilia. Sesiones de horas que sólo terminaban por el agotamiento. Luego llegaba el último paso: la constricción, el arrepentimiento profundo, del que se salía purificado.
Después ya en la corte de los zares su actividad sexual, afirman, se incrementó hasta desarrollar lo que hoy llamarían una adicción. La impunidad, el poder, su presencia física, los ojos azules, la voz gruesa, la fama que lo antecedía, sus apetitos voraces, el mito sobre sus poderes hacían que tuviera una corte de mujeres, casi como un club de fans o groupies actuales, que lo seguían en sus apariciones públicas y que siempre estaban dispuestas a tener sexo con él. Tenía una especie de harén a su disposición.
Además de su altura inusual para la época, la mirada, la barba, la voz grave y ese influjo que parecía tener sobre la gente, el mito sobre Rasputín sostiene que poseía un miembro viril de dimensiones desmesuradas. Tanto es así que en el Museo Erótico de San Petesburgo en un frasco se conserva lo que se dice fue su pene. Lo habrían seccionado en la autopsia y puesto a conservar en un frasco con formol que llegó al museo a mediados de los setenta. Aunque nada prueba que ese miembro de 30 centímetros de largo haya pertenecido a Rasputín, la mayoría de los turistas prefiere creerlo. Los más cautos sostienen que ni siquiera es un pene. Se trataría de una Holothuroidea, el nombre científico de los Pepinos de Mar, animales que viven en el fondo de los mares de todo el mundo.

También se ha dicho muchas veces que mantenía una relación amorosa y sexual con la zarina Alejandra. Sin embargo distintos historiadores descartan la versión. Se basan en la imagen y en la conducta victoriana de Alejandra. Beevor también lo hace. Aunque sostiene que esos rumores fueron fundamentales para la caída del zar. Cuando el pueblo se alzó y la revolución comenzó a crecer, los militares no defendieron al zar porque consideraban que un hombre que era engañado por su mujer en sus narices no merecía el menor respeto y no podía liderar a una nación.
De todas maneras, la idea de la relación furtiva está tan instalada que un tema disco que se convirtió en un hit global lo afirma. Rasputín del grupo Boney M fue un enorme éxito en 1978. Ra Ra Rasputín. Un hit improbable que narra la historia del Monje Loco (lo lleva así). Habla de sus conquistas sexuales, de sus poderes, de su influencia en el gobierno y, naturalmente, del romance con Alejandra.
Rasputín se opuso a la participación rusa en la Primera Guerra Mundial. Insistió en que sería ruinosa para el país y para el zar. Nicolás presionado por el ala política de su gobierno, no lo escuchó. Al poco tiempo, el zar en persona partió hacia el frente de batalla. Él comandaría a las tropas. Nada de esto resultó bien ni para Nicolás ni para Rusia. Se quedó sin el paraguas protector que siempre tenían los zares: que la culpa había sido de un asesor o un ministro; ellos eran los defenestrados en caso de error. Acá el zar asumía la responsabilidad en persona. A eso se le debe sumar que, al estar en el frente de combate, dejó los asuntos internos en manos de la zarina Alejandra. Lo que es lo mismo que decir que estaban en manos de Rasputín. Su influencia sobre Alejandra era absoluta. Ella parecía un títere de su asesor, embelesada por sus poderes y por cómo el príncipe Aleksiev mejoraba cuando el monje siberiano merodeaba el palacio de gobierno.

Otro de los errores de Rasputín también fue clave para la revolución posterior. Hizo nombrar ministro del Interior a Aleksánder Protopópov a quien la sífilis avanzada ya había alterado sus facultades mentales. Entre sus desvaríos hizo un desastre con el sistema de trenes y eso hizo que se perdieran la mayoría de las formaciones y que los granos y los alimentos no llegaran a las grandes ciudades y el hambre fuera otro motivo más para impulsar la caída de los zares.
Fue por esas cosas que Kerensky, hombre fundamental en el cambio de régimen, alguna vez aseguró que sin Rasputín no hubiera habido un Lenin.
Durante la guerra, Rasputín chantajeaba sexualmente y hasta violaba a las mujerespobres que intentaban salvar a sus familiares varones de ir al frente. Se presentaba como el representante de los campesinos ante la corte, pero explotaba a los más pobres cada vez que podía y mucho más si era con fines sexuales.
El momento de Rusia, la ausencia del Zar por estar en el frente y el poder desbocado que Rasputín ostentaba hizo que varios aristócratas y hombres de negocios pensaran que la única manera de salir de la situación, de salvar el régimen, era eliminándolo. Una conspiración comenzó a fraguarse.
El sanador, el médico personal de la familia del zar, el que curaba a través de la hipnosis, se había convertido en otra cosa. Era demasiado poderoso, demasiado influyente. Rusia parecía moverse a fuerza de sus arbitrariedades y supuestas iluminaciones. Lo que los conspiradores no sabían era que el daño infringido por Rasputín era ya irreparable.

El 30 de diciembre de 1916 lo convocaron al Palacio Moika en Petrogrado. El dueño de la mansión era Yusupov, un noble y el heredero más rico de toda Rusia. Otros tres aristócratas lo esperaban. La excusa fue el encuentro con la condesa Irina, una mujer bellísima y esposa de Yusupov. Rasputín tenía fama de amante voraz. Sabían que no rechazaría la invitación. Al ingresar, aunque ya lo conocían personalmente, su presencia los impactó. Hasta repensaron, cada uno por su lado y en silencio, el plan. Las espaldas anchas, sus casi dos metros de altura, la barba larga, la mirada azul y perturbadora. Se alegraron de haber tenido la precaución de enviar, por ese día, a Irina a otro lado. Después de los saludos respetuosos, lo hicieron pasar al enorme comedor. Primero, cenarían. Algunos hablan de una sopa local, otros de postres con crema. En lo que coinciden todas las versiones es que el vino abundante y los platos destinados al invitado estaban envenenados. Cianuro. No debía resistir demasiado. El anfitrión y sus secuaces, todos acostumbrados a decidir y a tratar con millonarios, poderosos y gente de la nobleza, a que sus designios se concretaran, se empezaron a impacientar. El hombre, en vez de agonizar, parecía ganar energía con cada bocado. Tal vez pensaba en la noche de sexo que le esperaba. Cada tanto volvía a preguntar por Irina. Le decían que todavía se estaba arreglando. Rasputin siguió comiendo y tomando. En la sobremesa pidió que le descolgaran una guitarra que había en una pared y comenzó a entonar canciones del folclore ruso. Obligó a los otros, a sus futuros asesinos, a acompañarlo.
Los conspiradores empezaban a creer que los rumores y mitos alrededor de Rasputín eran ciertos: ese hombre era inmortal, nadie podía resistir tanto cianuro. Al ver que el veneno no hacía efecto, lo invitaron a pasar a otro salón. Apenas caminó unos pasos, Yusupov le disparó por la espalda. El estruendo de la caída fue casi mayor al del balazo. Pero, el gigante se levantó como si solo se hubiera tropezado. Los hombres no lo podían creer. Uno atinó a golpearlo en la cabeza con una pala que había contra una pared. Pero cada ataque, cada intento por matarlo, no solo no lo conseguía, sino que alimentaba su furia. Rasputín se abalanzó sobre uno de ellos. Le dispararon de nuevo. Esta vez fueron cuatro los tiros que impactaron sobre él. El Monje Loco cayó al piso. Se sacudió y ya no se volvió a mover. La habitación se detuvo. Nadie hablaba, todos estaban quietos. Cuando pasaron unos minutos, Yusupov se acercó a Rasputín; quería asegurarse de que estaba muerto. Cuando aproximó su oído al pecho para descubrir si el corazón todavía latía, Rasputín se irguió y pegó un alarido estremecedor. El pánico atravesó los huesos de los atacantes. Pero solo era un estertor, el último. Los asesinos no querían tener más sorpresas. Lo ataron con unas cadenas de hierro y lo arrastraron hasta un lago helado. Allí lo tiraron. Querían asegurarse de que no volviera a revivir.
Según la autopsia, Rasputín todavía estaba con vida cuando fue lanzado al agua.
Una vez que el cuerpo fue recuperado del agua, lo enterraron cerca del palacio imperial. A las exequias solo fue la familia del Zar y unos pocos allegados. La esposa y las hijas no estuvieron. Después de la Revolución del 17 los restos de Rasputín fueron exhumados y cremados. Las cenizas fueron esparcidas en el bosque de Pargolovo. Las nuevas autoridades querían evitar que su tumba se convirtiera en un lugar de peregrinaje para los adoradores y nostálgicos del antiguo régimen.
Anthony Beevor sostiene que, pese a que Rasputín fue uno de los responsables del descalabro de la Rusia zarista, a la gente del pueblo no le cayó bien su muerte; solo festejaron los aristócratas pensando que así salvaban el régimen. Para esos campesinos, aunque él hubiera tomado decisiones equivocadas y a pesar de que tuviera pésima fama y una leyenda negra y de excesos sexuales detrás, Rasputín era un campesino como ellos y también un hombre espiritual. “Para ellos, solo hubo un campesino que se acercó al trono del zar, y lo mataron. Fue un insulto para el pueblo”, escribe el historiador.
Para explicar esta contradicción (o tal vez solo para subrayarla), Beevor utiliza una frase de Churchill: “Rusia es un acertijo, envuelto en un misterio que encierra un enigma”.


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