Una lectura sociopolítica del ‘progreso’ y el ‘retraso’ en Argentina

Ampliamente tratado en la literatura del último medio siglo, el período de la expansión territorial y el crecimiento económico en nuestro país –de 1870 a 1915 aproximadamente- está ocupando un lugar importante en el debate histórico de los últimos años.
Actualidad28 de junio de 2026 Alberto Tasso
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En el Centenario de la Revolución de Mayo , los trabajadores no tenían nada quer festejar.

Como muestra Carlos Zurita en su reciente nota "Mentiras verdaderas: ¿alguna vez Argentina fue uno de los paises mas prosperos del mundo?(Infobae 14-6-26), el tema ha sido abordado en no pocos libros y artículos recientes de economistas, sociólogos y politólogos.

La primera cuestión es qué significó esa etapa y las condiciones que la hicieron posible. Según la interpretación más conocida, Argentina vivió un milagro de modernización gracias a los ferrocarriles, la inmigración y la apertura al mercado mundial (Roberto Cortés Conde, Ezequiel Gallo). 

Sabemos que ese mercado estaba constituido principalmente por Inglaterra, en ese momento potencia colonial cuyo imperio no era menor al de Felipe II en el siglo XVI. Los gobernantes argentinos tuvieron una estrecha relación con los ingleses, desde Rivadavia hasta Roca. En su visita a Londres este último afirmó que Argentina se sentía parte del imperio británico, y luego (…) La República Argentina, que será algún día una gran nación, no olvidará jamás que el estado de progreso y prosperidad en que se encuentra en estos momentos se deben en gran parte al capital inglés. (Julio A. Roca).

La segunda cuestión se refiere a las razones que dificultaron (o impidieron) la continuidad de este crecimiento. Según quienes estudiaron el tema, las principales son dos:

·        La fragilidad de la economía, que dependían de lo que comprara Inglaterra (Tulio Halperín Donghi, Aldo Ferrer).

 ·        La concentración de la riqueza (y la tierra) en pocas manos, lo que impidió que el país desarrollara industrias propias (Milcíades Peña, Eduardo Azcuy Ameghino).

Estas interpretaciones nos conducen a nuevos interrogantes, acerca de las reacciones que suscitó la política del progreso, y a sus efectos sobre las condiciones de vida de la población, especialmente en su sector más amplio, los obreros asalariados rurales y urbanos.

 Reacciones

La transición de la sociedad tradicional a la moderna supuso cambios en los modos de producción, concentración del capital y la formación de una elite de poder que los manejaba, a la vez que mantenía un férreo control de la opinión pública. El Partido Autonomista Nacional (PAN) fue el medio para lograrlo, a través de acuerdos con referentes de distintas provincias. Los procesos electorales mostraban la continuidad de la limitada participación política propia del período colonial. La alta tasa de analfabetismo entre los sectores populares permitió la hegemonía de la ciudad letrada sobre la opinión de la mayoritaria población rural o la emergente de los suburbios. El voto cantado ante la mirada del patrón es su mejor ejemplo.

Fueron varias las reacciones a este sistema de control social, que se expresaron de diversos modos y resumo así: 

·        La llamada revolución del Parque y el nacimiento de la Unión Cívica conducida por Leandro N. Alem, en 1890.

·        Las revueltas anarquistas en la Patagonia (Bayer, Valko).

·        Críticas a la “campaña del desierto” y a los negociados de la tierra que se publicaron en medios tales como La Nación (dirigida por Bartolomé Mitre), los semanarios humorísticos El Mosquito y Caras y caretas, o en El Censor, en la pluma de Domingo Faustino Sarmiento.

·        La reacción (el grito) de los chacareros en el pueblo de Alcorta en 1914 ante el costo del arrendamiento que imponían los propietarios latifundistas.

Ellas ponían de manifiesto los mecanismos coactivos del capital sobre el trabajo, uno de cuyos ejemplos es la ley de conchabo (1884) que obligaba al trabajo asalariado cuasi servil.

Como en el siglo XVI, la elite necesitaba apropiarse de la tierra y dominar a los pueblos que las ocupaban, pero en este caso no se recurrió a la encomienda o el adoctrinamiento sino al exterminio. La citada campaña del supuesto desierto es un caso típico ideal de genocidio (Raphael Lemkin), y en un plano más general muestra las formas salvajes que adoptó el capitalismo en América.

Condiciones de vida

En este contexto económico y político cabe preguntarse cuáles eran las condiciones de vida de la población, especialmente los nuevos asalariados, embrión de lo que hoy llamamos clase obrera. Lo sabemos por la palabra de Juan Bialet Masse en El estado de las clases obreras en la República Argentina (1904), desde luego recordando que fue impulsado por asesores de Roca.

 “En las cumbres del Famatina he visto al ‘apire’ cargado con 60 y más kilogramos deslizarse por las galerías de las minas, corriendo riesgos de todo género, en una atmósfera de la mitad de la presión normal; he visto en la ciudad de la Rioja al obrero, ganando sólo 80 centavos, metido en la zanja estrecha de una cañería de aguas corrientes, aguantando en sus espaldas un calor de 57° a las dos de la tarde; he visto a la lavandera de Goya lavar la docena de ropa a 30 centavos, bajo un sol abrasador; he visto en todo el interior la explotación inicua del vale de proveeduría; he visto en el Chaco explotar al indio como bestia que no cuesta dinero, y he podido comprobar, por mí mismo, los efectos de la ración insuficiente en la debilitación del sujeto y la degeneración de la raza” (Bialet Masse 1904).

Me refiero ahora al caso de Santiago del Estero, ya que su población y su territorio fueron muy afectadas durante esta etapa. En esta provincia no faltan testimonios que desde diferentes ángulos analizaron las consecuencias de la explotación de la fuerza de trabajo (Práxedes Muñoz 1909, Abregú Virreyra 1917, Di Lullo 1937). El ‘milagro’ del ferrocarril fue un deflagro para el rico monte del chaco semiárido, región de especial tratamiento por su singularidad fitogeográfica y su valor biológico en flora y fauna.

Prosperidad de distribución limitada

Vemos pues que el ‘progreso’ tuvo un significativo costo cultural, social y ambiental que el producto bruto interno per capita no ha considerado. No es mal momento para invitar a releerlo, ahora que Argentina se enfrenta nuevamente a un conflicto entre capital y trabajo, también en condiciones de democracia limitada.

Me detengo ahora en la palabra clave ‘prosperidad’, también usada para describir el período que consideramos. Más allá de la etimología y la historia de Próspero, nos suscita preguntas: ¿para quiénes, para cuántos, y dónde?

Esto nos conduce a un tema clásico de la economía, práctica antes que teórica, que es la distribución de la riqueza. No estando ahora en condiciones de analizar este tema, transcribo una frase que me interesó:

Ninguna sociedad puede seguramente ser próspera y feliz si la mayor parte de sus miembros son pobres y miserables. Además, es de justicia que quienes alimentan, visten y alojan al conjunto del pueblo tengan una parte de los frutos de su propio trabajo tal que ellos mismos estén razonablemente bien alimentados, vestidos y alojados. (Adam Smith, La riqueza de las naciones, 1776).

Es valiosa la opinión de este filósofo y moralista considerado fundador de la economía moderna e inspirador del pensamiento liberal porque nos muestra otra de las debilidades del modelo que logró ser propuesto como exitoso aun por palabras eruditas que a la mirada del rastreador no resultan convincentes. Antes y detrás de las ideas están los hechos.

Creo que el ambicioso proyecto de “trasplante cultural” –en palabras de Bernardo Canal Feijóo- no partió de bases sólidas y por tanto no tuvo anclaje en nuestra circunstancia social y política. Recordemos que el ideal de una nación “blanca” poblada por europeos del norte inspiraba a sus dirigentes. Y también a los actuales: tras el despojo de tierras a campesinos y pueblos originarios late la herencia de discriminación étnica y racismo que contuvo el ‘milagro’.   

¿Cómo es visto hoy el período que analizamos? El paradigma del progreso fue adoptado como una de las bases del programa del gobierno actual, expuesto por el presidente Milei en varios de sus discursos. Es notable el paralelo con el ideal de la “greath América” que sostiene el presidente Trump como contrapeso del creciente descenso del poder de su país en mundo.

Estamos pues ante la repetición de una obra conocida que nos recuerda una frase de Carlos Marx en El 18 brumario. Y nos impulsa a decirla de nuevo, cuando la historia que se repite siempre es tragedia. La farsa consiste en negarla.

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