Trágica efeméride del Horror

A cincuenta años de una dictadura sangrienta
Actualidad28 de marzo de 2026 Sisto Terán Nougués
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Una efeméride es un recordatorio con finalidad de preservación. Se trata de un esfuerzo conmemorativo alentado para que un hecho o acontecimiento no caiga en el olvido colectivo.

Este 24 de marzo se recordó el inicio de la dictadura más sangrienta de la Historia argentina. Una noche trágica y larga cuyas cicatrices no han cerrado del todo.

Es muy triste que una sociedad tenga necesidad de recordar el horror. La única razón lógica para hacerlo, es el afán de que ese acto conmemorativo tenga como sentido traer a tiempo presente la barbarie para que la sociedad se preserve a sí misma de la repetición del hecho horroroso.

Cuando el Congreso de la Nación dispuso declarar la efeméride del 24 de marzo, se disponía, no la celebración de un feriado, sino un apelativo a la memoria colectiva. La necesidad de plasmar una ley obedecía a evitar que una natural tendencia social a olvidar sus propias tragedias produjera el fatal resultado de la resurrección de los ingredientes que nos condujeron al espanto.

Como sucede siempre, los fenómenos sociales no impactan de manera homogénea en cada individuo. Están los involucrados y damnificados directos, los hay aquellos que deliberadamente conocen los hechos y deciden ignorarlos, o los que viven su vida ignorantes del quehacer social. En fin, ante el advenimiento de un suceso trágico social, no todos resultan afectados de manera idéntica.

Pero, la persona jurídica, ese imaginario abstracto de realidad concreta que llamamos sociedad, ha de ser siempre el gran afectado. Las huellas de los sucesos históricos perduran en su alma, dejan cicatrices sangrantes y terminan afectando la intensidad de eventos posteriores.

Adicionalmente la lectura de los hechos sociales viene siempre contaminada por relatos contradictorios, emanados de intereses divergentes, obligando al analista a depurar su interpretación para despojarla, en lo posible, de parcialidad.

Ocurre también que la contemporaneidad tiene efectos restrictivos para quien quiere descifrar la realidad. Los datos de la realidad llegan al contemporáneo ya dispersos por las brumas del paso del tiempo.

Por eso es importantísimo rescatarlos y volver a recordarlos, no para sufrir de nuevo, sino para dimensionar lo sucedido y evitarlo.

Escribo casi con un pudor reverencial. Hay demasiada sangre derramada, demasiado dolor padecido, como para no tomar los recaudos para extremar el respeto a esa angustia.

Eran tiempos extremadamente violentos, complicados los que precedieron a ese funesto 24 de marzo de 1976. Mucho desorden, mucha tensión social, violencia política acumulada por décadas.

LA NACION - Noticia
16 de junio de 1955, Plaza de Mayo, CABA.

Un lejano ya 16 de junio de 1955, a las 12 y 30 del mediodía, la ciudad de Buenos Aires fue bombardeada. No se trató de un ataque sufrido como consecuencia del accionar de una potencia extranjera. Fueron aviones de la Marina y la Aeronáutica argentina los que arrojaron bombas sobre la población civil indefensa. Un acto de salvajismo, de locura absurda, difícil de concebir, imposible de admitir.

Trescientos Nueve muertos identificados ese mismo día y más de Mil Doscientos heridos. Se dice que esa estimación provisoria quedó muy lejos de la realidad, ante la imposibilidad fáctica de reconocer un número indeterminado de cadáveres destrozados e irreconocibles.

Esta matanza indiscriminada de hombres, mujeres y niños inocentes, fue, para muchos historiadores un hito fundacional de la violencia política desenfrenada que a partir de allí se desataría en la sociedad argentina.

La barbarie sería cuidadosa y prolijamente omitida de los anales históricos, y en las escuelas, al menos en las currículas oficiales, nunca se enseñó a los jóvenes estudiantes, la locura de un ejército bombardeando a mansalva al mediodía de un día laborable a su propio pueblo. La salvajada no solo se omitió, sino que aún hoy parecen desconocerla sectores enteros de la población argentina, en especial los pertenecientes a los sectores sociales más altos.

No fue un olvido casual. Hubo un deliberado encubrimiento histórico del que muy pocos quieren hablar.

El proceso de desinformación histórica fue tan sofisticado que una enorme porción de los argentinos que no habíamos nacido a la fecha de estos acontecimientos, los ignoramos, o solo teníamos una referencia superficial sobre los mismos. Es más, el antiperonismo consolidó una idea fuerza sectorial que permitió adjetivar como “libertadora” una revolución que aniquilaría la democracia en nuestro país. Destaco este hecho, al solo efecto de demostrar que nadie es inmune a la adulteración interesada de los hechos que los relatos oficiales nos imponen.

Sucede que muchos de los complotados en esos sangrientos sucesos serían en el futuro cercano, importantes hombres de estado, ministros, presidentes, periodistas, militares y civiles que llegaron al poder con las manos manchadas de sangre inocente.

Todos estos personajes confabularon espontáneamente para tapar lo que hicieron.

Un hecho trascendental en la historia argentina, fue transformado en una nota marginal sin importancia. A partir de ese momento la violencia engendró más violencia y la espiral condujo a la catástrofe del 24 de marzo de 1976.

Un hecho curioso es que, al repasar el listado de los nombres de aquellos que proyectaron y ejecutaron el funesto bombardeo de 1955, nos encontramos con que muchos de ellos serían protagonistas principales de la dictadura de 1976. Ya habían matado inocentes, ya podían ser definidos como asesinos despiadados. Años más tarde, desde el poder del Estado serían los que consumarían quizás la mayor tragedia nacional.

Adjunto una crónica de época de Infobae, publicada el 16 de junio del año pasado, en ocasión de cumplirse los setenta años de los bombardeos. Reconocerán con estupor nombres conocidos, como el de Emilio Massera, entre los complotados de entonces.

He aprendido con el tiempo que todos los eventos revolucionarios, más allá de las razones esgrimidas, tienen siempre un trasfondo económico que las inspira.

No es cierto que en 1955 se quisiera voltear a un tirano, paradoja inexplicable si se tiene en cuenta el hecho elemental que Perón había sido electo por el voto popular, y que los revolucionarios consideraban legítimo el uso de la fuerza indiscriminada para tomar el poder. Extraña ficción donde los golpistas denominan tirano al elegido por los votos.

Lo que en el fondo estaba sucediendo era que intereses económicos precisos necesitaban remover a Perón, un obstáculo insalvable para sus negocios. Y esos intereses, quizás fomentados por razones geopolíticas en un mundo enfrascado en una sorda guerra fría, impulsaron tanto el golpe como el relato posterior.

Ese relato tuvo una fuerza de penetración formidable. Apuntalado por los grandes diarios del momento, hicieron mella en el tejido social, en especial en las clases medias que se habían sentido intimidadas por los procesos de integración social de los sectores obreros iniciados por el peronismo.

Pero la huella que las propuestas sociales del justicialismo habían dejado en los segmentos sociales a los que había favorecido con sus propuestas era también muy fuerte y consistente, llevando a resistir la embestida contra derechos que tanto había costado consolidar. El resultado de estas tensiones fatalmente derivaría en actos de violencia.

La violencia de los de arriba impulsaba la violencia de los de abajo.

Esta situación de tensión social creciente, un efímero retorno a la democracia, el retorno fugaz de Perón al poder y su muerte, instituciones en manos de un esquema de poder endeble y violencia en las calles serían los ingredientes necesarios para que los asesinos del 55 tomaran aire renovado y se aprestaran a tomar el poder, para esta vez sí, restablecer el orden, su orden, de una vez y para siempre.

Se pertrecharon a sí mismos de una cosmovisión de nombre pomposo, la Civilización Occidental y Cristiana, y se autoencomendaron la misión de considerarse protectores de la misma, para lo cual se consideraron moralmente superiores, tanto que se propusieron la instauración de un sistema de pensamiento único, donde se indicaría a los argentinos qué podían pensar, qué podían leer o qué música podían escuchar.

La prepotencia bárbara se instauró en el poder aprovechando la fatiga moral de una política en estado de inacción y abandono, y auspiciada por intereses económicos que mostrarían sus garras casi de inmediato de la mano de Martínez de Hoz, ideólogo convencido de una doctrina económica que se venía a imponer por la fuerza de las armas.

Creo que ningún argentino sospechaba lo que iba a suceder.

El golpe del 76 era crónica anunciada, y de él se hablaba los días previos a viva voz en las calles, en las redacciones de los medios de prensa, y en las conversaciones de café. Era la apelación a una metodología que desde 1930 había adquirido una peligrosa habitualidad. Nada que sorprendiera al argentino promedio.

Sin embargo, los golpistas del 55 habían tomado nota de su fracaso. No habían asesinado a Perón, y este había sobrevivido a casi dos décadas de proscripción política y social. Habían perseguido con saña a Evita, y hasta ultrajaron su cadáver con una enfermiza patología incomprensible, y no habían podido evitar que su figura alcanzara ribetes legendarios hasta transformarse en un ícono representativo de la argentinidad en el mundo.

Decidieron entonces actuar con una saña nunca vista. Elaboraron manuales de actuación para aniquilar todo disenso. El secuestro, la tortura, la confiscación de bienes, el asesinato, los fusilamientos encubiertos, pasaron a ser moneda corriente. Todo pensado, todo ejecutado desde el monopolio de la fuerza que les concedía el Estado. Recurrieron a la experiencia monstruosa de los norteamericanos en Vietnam o los franceses en Argelia para diseñar un perverso plan de acción destinado a matar o mutilar a todo aquel que pensara diferente.

La culpabilidad pasó a ser presunción, la inocencia dejó de presumirse, y el encogimiento de hombros de una sociedad indiferente al dolor ajeno, se empezó a acompañar con una tristemente célebre frase que se repetía entre susurros y suspiros:

“Algo habrá hecho”

Conscientes de que el relato era fundamento de la acción, el pensamiento único se apoderó por completo de los medios de prensa, con la excepción excepcionalísima y honrosa de algunos poquísimos valientes como Robert Cox en el Buenos Aires Herald. El resto era una brutal uniformidad informativa que plasmaba todo lo que los jefes del Proceso de Reorganización Nacional ordenaban, y especialmente se dedicaron a ocultar todo lo que había determinado impedir que se conociera.

El drama azotaba las familias deliberadamente a espaldas del gran público. Padres, madres, hijos y hermanos emprendían una angustiante peregrinación en búsqueda de datos que les permitieran conocer la suerte sufrida por aquellos que amaban. Mendigaban suplicantes por los pasillos de las esferas de poder, con los puños apretados de impotencia y el alma desbordada de una angustia interminable, y nadie les decía nada, o lo que era peor, pasaban ellos mismos a ser víctimas de persecución.

El poder adoptó la decisión de actuar en un marco de perversa ilegalidad. Los asesinos no confiaban en la ley ni en la justicia, a pesar de ser ellos mismos los que elegían los jueces entre sus adeptos. Había que matar mucho, en silencio, y sin dejar cabos sueltos.

Torturar y matar sin que nadie se entere presenta problemas logísticos. Hay que encontrar un lugar físico donde recluir a los secuestrados e instalar los artefactos de tortura. Y los muertos requieren la disposición final de sus cadáveres.

Aprovechando los ingentes recursos del Estado nacieron los Centros Clandestinos de Detención y Tortura, y se implementaron siniestros planes para deshacerse de los cuerpos de los asesinados.

Los “desaparecidos” fue un concepto surgido a raíz de una decisión de impedir que se conociera el destino final de los restos de las víctimas. Cuesta entender algo tan espantoso, pensado desde las más altas esferas estatales, para encubrir procedimientos inexcusablemente monstruosos y perversos.

Los vuelos de la muerte y los entierros colectivos en fosas comunes como la del Pozo de Vargas pasaron con el tiempo del rango de leyendas urbanas, al de tristes realidades que reflejaron de forma concreta el horror de una época conducida por personajes siniestros.

Adjunto una crónica que describe a esos fatídicos vuelos de la muerte.

Uno de los aviones utilizados para los vuelos de la muerte. Foto de Giancarlo Ceraudo.
Uno de los aviones utilizados para los vuelos de la muerte. Foto de Giancarlo Ceraudo.

Una mente sana tiene dificultades serias para entender la perversidad refinada que implica una política de exterminio tan cruel y desarrollada con una logística preparada con premeditación y alevosía.

Como dije líneas arriba, puedo entender que la ignorancia de estos sucesos, encubiertos por la dictadura y los medios de comunicación, haya podido impedir que algunos adquieran dimensión de lo siniestro de hechos que le llegaban muy de lejos, con sonido a rumor y cuestionados por el relato oficial.

Pero con el retorno de la democracia, el juicio a las Juntas Militares, oral y público, televisado, fue corriendo el velo y poniendo en descubierto a los asesinos de su pueblo.

Con total intencionalidad les llamo así, asesinos, porque ese es el calificativo que mínimamente se merecen, ya que, a fuer de ser precisos, cabrían en este caso adjetivos aún más fuertes.

Se fue conociendo de a poco el horror. Mujeres violadas sistemáticamente por sus captores, otras embarazadas a las que se torturaba y luego se las hacía parir para apoderarse de sus hijos recién nacidos, luego matarlas y hacer desaparecer sus cuerpos. Personas torturadas, otras obligadas a delatar gente con la finalidad de volver a poner en marcha el ciclo espantoso de secuestro, tortura, muerte y desaparición.

Una sola jornada de esa juicio histórico contó con la asistencia de Jorge Luis Borges. Sintió la necesidad de asistir, para escuchar los testimonios de primera fuente. No quiso volver. El alma se le había llenado de angustia y escribió una crónica para la agencia española EFE, narrando su experiencia.

Visiblemente conmocionado confesó que he asistido a una de las cosas más horrendas de mi vida. SIENTO QUE HE SALIDO DEL INFIERNO”.

Ernesto Sábato presidió una comisión de notables que investigó lo sucedido durante la dictadura. Trabajaron esforzadamente y contra reloj, presionados por un poder militar residual todavía con fuerza y capacidad de acción. Recabaron toda la información que pudieron y como resultado elaboraron un informe que publicaron y que titularon “Nunca Más”.

Es una crónica del horror, destinada no a su mera exhibición, sino como un recordatorio permanente de lo que no podía volver a suceder jamás.

Ha sido tanta y tan profusa la información que tenemos a través de los registros de los anales de los juicios de lesa humanidad, el trabajo de investigadores, el testimonio de sobrevivientes, el hallazgo de pruebas físicas como el infame Pozo de Vargas, a escasas cuadras el lugar en que vivo, películas, documentales, entrevistas, reportajes, etc., que no alcanzo a entender la subsistencia porfiada de quienes reivindican aún hoy el golpe de estado del 76 y formulan ridículas defensas de los asesinos y torturadores.

Son tiempos extraños los que vivimos, y entre el tiempo que todo lo erosiona y los obcecados que hacen de la negación un culto, el hecho cierto es que el recordatorio de la efeméride del 24 de marzo de 1976 recupera una necesariedad imperativa.

No dejemos que el recuerdo del horror desatado por los golpistas del 76 sufra el mismo destino de olvido marginal que padeciera el bombardeo de 1955. No permitamos que la memoria flaquee.

No celebramos el 24 de marzo, lo volvemos a traer a tiempo presente.

Desempolvamos su tapas horrorosas y volvemos a aspirar su pestilencia nauseabunda. Lo hacemos para que todos estos jóvenes desinformados de las fuerzas del cielo que defienden intransigencias que conducen a la violencia, tomen conciencia de que están defendiendo asesinos.

Los pueblos tienen memoria frágil y suelen recaer indefinidamente en la repetición funesta de sus errores. Rememorarlos es el esfuerzo válido que debemos hacer para no ceder a la tentación de precipitarnos de nuevo en las fauces tenebrosas del horror.

San Miguel de Tucumán, Marzo 24 del 2026

Sisto Terán Nougues

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