“Llevo en mis oídos la más maravillosa música” (video)

La última vez que Perón habló desde el balcón de la Casa Rosada y el discurso final. Poco después del mediodía del 12 de junio de 1974, el líder justicialista dio su último discurso frente a una multitud reunida en la Plaza de Mayo. Su salud venía barranca abajo y murió 19 días más tarde
Política12 de junio de 2026
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Juan Domingo Perón sabía que tenía los días contados y que no eran muchos cuando el miércoles 12 de junio de 1974 poco después del mediodía, a la hora más tibia de una fría jornada otoñal, salió por última vez al balcón de la Casa Rosada y pronunció una frase que sonó como despedida: “Llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”. Los diarios de la mañana habían anunciado que hablaría por la cadena nacional de radio y televisión, pero el presidente decidió que debía tener, una vez más, un encuentro personal con el pueblo reunido en la Plaza de Mayo, el mismo lugar donde casi treinta años antes una multitud había exigido su liberación y marcado un momento crucial de la vida política argentina.

En contraste con aquel joven coronel que se había dirigido al pueblo por primera vez desde el mismo balcón la noche del 17 de octubre de 1945 ahora, enfundado en un sobretodo gris con solapas negras, el viejo general y presidente aparecía físicamente debilitado, aunque su voz cascada sonaba con la energía de siempre. Sus médicos le habían recomendado no hacer el esfuerzo, pero Perón sabía que tenía que hablar para hacer un último y desesperado intento de llamar a la unidad de un peronismo cada vez más resquebrajado por sus pujas internas. Había pasado poco más de un mes desde que, el 1° de mayo, durante su anterior mensaje desde el balcón, ese quiebre se había mostrado como un mapa que partió en dos a la plaza y dejó una mitad vacía.

El líder justicialista se sabía acosado desde dos frentes. Por un lado, la ilusión del “Pacto Social”, al que había convocado al llegar por tercera vez a la presidencia en 1973 junto con la Confederación General del Trabajo (CGT) y la Confederación General Económica (CGE) para tratar de congelar precios y salarios, había fracasado, aunque nadie –ni el mismo– lo reconociera. Por el otro, había visto resquebrajarse definitivamente su proyecto de “unión nacional” -simbolizado en su abrazo con el líder radical Ricardo Balbín – porque veía quebrado incluso a su propio movimiento. Esto último, lo más doloroso, había quedado claro el 1° de mayo, cuando la otrora “juventud maravillosa” le cantó “Qué pasa, qué pasa, General / está lleno de gorilas el gobierno popular” y él les contestó “estúpidos imberbes”. De eso difícilmente podía haber vuelta atrás.

Ese mediodía del 12 de junio, como hábil político que era, Perón tenía claro que su juego a dos bandas, aquel que de manera eximia había practicado durante el exilio, se había venido abajo, tan abajo como su salud, en la que ya no esperaba retorno.

La salud de Juan Domingo Perón se deterioró durante su presidencia de 1973 y un equipo de siete cardiólogos lo acompañó de forma permanente (NA)La salud de Juan Domingo Perón se deterioró durante su presidencia de 1973 y un equipo de siete cardiólogos lo acompañó de forma permanente (NA)

Barranca abajo

Desde que decidió que Cámpora renunciara para poder presentarse como candidato a la presidencia por tercera vez, Perón sabía que en eso se le iba la vida. Cuando se puso la banda presidencial, el 12 de octubre de 1973, acababa de cumplir 78 años y tenía una afección cardíaca grave, de muy mal pronóstico. Había regresado a la Argentina con problemas urológicos crónicos y el antecedente de un infarto, lo que se conoce actualmente como miocardiopatía isquémica. Tenía sus arterias coronarias obstruidas y el corazón dilatado, con lo cual sufría angina de pecho e insuficiencia cardíaca.

Los problemas de salud no demoraron en precipitarse. El 21 de noviembre, cuando llevaba poco más de un mes en el cargo, tuvo un edema agudo de pulmón. A partir de ese momento, se formó un grupo de siete médicos cardiólogos que hacían guardia en forma permanente y lo seguía a todas partes. Estaba coordinado por Domingo Liotta, entonces secretario de Salud, y por Pedro Cossio, médico de cabecera de Perón. “Cuando empezamos a cuidarlo a Perón él estaba en Gaspar Campos, en Vicente López. Había dos casas que se unían por el fondo, una sobre Gaspar Campos donde vivía el general Perón. Y otra en la calle paralela donde estaba la custodia, el equipo médico, etcétera. Luego, no recuerdo si en noviembre o diciembre del año 73, Perón se traslada a la residencia de Olivos. Ahí cumplíamos guardias de 24 horas, entrábamos a las ocho de la mañana y nos íbamos a las ocho del día siguiente. Cualquier movimiento que hacía el general nosotros íbamos en un vehículo atrás, permanente”, recordó muchos años después en una entrevista el médico Carlos Garbelino, que por entonces tenía 24 años y era el integrante más joven del equipo.

Para los primeros días de junio de 1974 el deterioro de la salud de Perón ya era alarmante, se desarrollaba a ojos vista, pero el hecho que aceleró el proceso fue un desafortunado viaje a Paraguay para entrevistarse con el dictador Alfredo Stroessner, cuando el presidente argentino soportó estoicamente una parada al aire libre debajo de una lluvia pertinaz. Fue el 6 de junio y volvió resfriado y con fiebre. Esa misma tarde recibió en la Casa Rosada al líder del radicalismo, Ricardo Balbín. Años más tarde, entrevistado por el historiador Joseph Page, el jefe de la UCR contó que en un momento de la charla Perón le dijo claramente: “Me muero”. Hasta ese momento, Balbín había guardado celosamente ese secreto.

El martes 11 de junio recibió al canciller Alberto Vignes, que le acercó un informe escrito de la embajada británica en Buenos Aires donde el gobierno inglés planteaba las salvaguardias y garantías que se le otorgarían a los habitantes de las Islas Malvinas en la eventualidad de un condominio futuro. “Una vez que pongamos un pie en las Malvinas, no nos sacan más y pronto tendremos la plena soberanía”, le dijo Perón. Vignes salió preocupado de la reunión y comentó a sus allegados que lo había visto “muy enfermo”.

Esa misma tarde –tal vez como una jugada política extrema para llamar a la unidad– Perón dejo trascender que podría renunciar. La versión la hizo correr su secretario privado y ministro de Bienestar Social, José López Rega. “Si el general Perón se fuera del país antes de terminar su misión en la República Argentina, con él se va su señora y con él se va este servidor”, les dijo esa noche “El Brujo” a los periodistas que asistieron a un agasajo que se le hizo en el Cuerpo de Policía Montada de la Federal.

el renunciamiento de Eva Perón el 22 de agosto de 1951El renunciamiento de Eva Perón del 22 de agosto de 1951. La foto icónica del abrazo con Perón (Télam)

La renuncia como último recurso

La mañana siguiente, la del 12 de junio, Perón hizo otra jugada que –tal vez sin que él mismo se lo propusiera en un primer momento– lo llevó por última vez al balcón de la Casa Rosada. Habló por la cadena nacional y denunció a quienes atentaban contra su “Pacto Social”, a los que definió como “los vivos de siempre que sacan tajada del sacrificio de los demás”. También advirtió que “los que hayan violado las normas salariales y de precios, como los que exijan más de lo que el proceso permite, tendrán que hacerse cargo de sus actos”.

El momento culminante fue cuando amenazó con renunciar. Dijo que al haber asumido la presidencia había hecho un sacrificio, pero que si llegaba “a percibir el menor indicio que haga inútil ese sacrificio, no titubearé un instante en dejar este lugar a quienes lo puedan llenar con mejores probabilidades”. La respuesta fue inmediata. La CGT convocó a un paro nacional, pero no fueron las columnas sindicales las que hicieron punta para llevar la plaza para darle su apoyo y pedirle que no renunciara, sino miles de personas que se movilizaron espontáneamente, casi de la misma manera que en la histórica jornada del 17 de octubre de 1945.

Perón supo de inmediato que debía responder con su presencia a esa movilización popular. Era la mejor manera de terminar la jugada que había iniciado con su discurso por la cadena nacional: llamando a la unidad desde el histórico balcón que de alguna manera le pertenecía. Los integrantes de su equipo médico trataron de convencerlo de que no lo hiciera, pero se mostró inflexible. Los encargados de la seguridad presidencial también se preocuparon. No solo se temía por su salud, también era necesario tomar medidas frente a la posibilidad de un atentado.

Juan Domingo Perón murió el 1° de julio de 1974, diecinueve días después de su último discurso desde el balcón de la Casa RosadaJuan Domingo Perón murió el 1° de julio de 1974, diecinueve días después de su último discurso desde el balcón de la Casa Rosada

El discurso del final

Cuando Juan Domingo Perón apareció en el balcón, la multitud que colmaba la Plaza de Mayo lo vitoreó. Con voz débil y cascada, pero sin dejar de transmitir la potencia política que siempre había caracterizado a su liderazgo, el presidente le habló al pueblo que le pedía que no renunciara.

“Sabemos que tenemos enemigos que han comenzado a mostrar sus uñas. Pero también sabemos que tenemos a nuestro lado al pueblo, y cuando éste se decide a la lucha, suele ser invencible. Hoy es visible, en esta circunstancia de lucha, que tenemos a nuestro lado al pueblo, y nosotros no defendemos ni defenderemos jamás otra causa que no sea la causa del pueblo. Yo sé que hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección; pero nosotros conocemos perfectamente bien nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, sin dejarnos influir por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda”, dijo desde el balcón.

Trató así de sostener la ficción de su equidistancia entre supuestos extremos. Pero no era sólo “el movimiento” lo que se le había quebrado. Era también su proyecto económico basado en la “conciliación de clases”, el famoso “Pacto Social” entre los trabajadores y la “burguesía nacional”.

Por eso hizo a continuación un nuevo llamado a la unidad del pueblo detrás de ese imposible proyecto: “Sabemos que en esta acción tendremos que enfrentar a los malintencionados y a los aprovechados. Ni los que pretenden desviarnos, ni los especuladores, ni los aprovechados de todo orden, podrán, en estas circunstancias, medrar con la desgracia del pueblo. Sabemos que en la marcha que hemos emprendido tropezaremos con muchos bandidos que nos querrán detener; pero, fuerte con el concurso organizado del pueblo, nadie puede ser detenido por nadie”, dijo.

Habló durante trece minutos y al terminar era notorio el esfuerzo que le había costado. Sus últimas palabras sonaron a despedida: “Compañeros, yo llevaré grabado en mi retina este maravilloso espectáculo en que el pueblo trabajador de la Ciudad de Buenos Aires y de la provincia de Buenos Aires me trae este mensaje que yo necesito. Compañeros, Con este agradecimiento quiero hacer llegar a todo el pueblo de la República nuestro deseo de seguir trabajando para reconstruir nuestro país y para liberarlo. Esas consignas, que más que mías son del pueblo argentino, las defenderemos hasta el último aliento. Para finalizar, deseo que Dios derrame sobre ustedes todas las venturas y la felicidad que merecen. Les agradezco profundamente el que se hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”, dijo con inocultable emoción.

Último discurso de Perón - 12 de junio de 1974El discurso de Perón buscó llamar a la unidad de un peronismo quebrado tras la crisis abierta el 1° de mayo de 1974 en la Plaza de Mayo

El primero y el último

Es imposible saber si, al aparecer por última vez en el balcón, Perón recordó o no el primer discurso que había pronunciado desde allí, el de aquel lejano 17 de octubre de 1945. Aquella vez había dicho: “He dejado deliberadamente para lo último, el recomendarles que, al abandonar esta magnífica asamblea, lo hagan con mucho cuidado. Recuerden que ustedes, obreros, tienen el deber de proteger aquí y en la vida a las numerosas mujeres obreras que aquí están (…) Y ahora, para compensar los días de sufrimiento que he vivido, yo quiero pedirles que se queden en esta plaza, quince minutos más, para llevar en mi retina el espectáculo grandioso que ofrece el pueblo desde aquí”.

En su último discurso volvió a hablar del “espectáculo” del pueblo reunido que quedaría grabado en su “retina” –“grandioso” el 17 de octubre de 1945, “maravilloso” el 12 de junio de 1974-, repetición al que le agregó esta última vez la “maravillosa música” que se llevaría en sus oídos. También es imposible saber si, casi treinta años después, reparó en una posible paradoja: así como al subirlo al primer balcón con la fuerza de su movilización el pueblo argentino “inventó” a Perón, en este último balcón Perón haya intentado “inventarse” un pueblo argentino a la medida de sus deseos.

Juan Domingo Perón, el único dirigente político que ejerció tres veces la presidencia del país, murió el 1° de julio de 1974. Quizás se haya llevado con él aquella maravillosa música que escuchó desde el balcón de la Rosada la tarde del 12 de junio. Habían pasado apenas 19 días y ya se vislumbraban tiempos muy oscuros en la Argentina.

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